PORTEÑOS PSICOANALIZADOS

Cada vez que allá por las siete de la mañana Pablo se levantaba para ir al colegio, lo invadía una sensación de angustia. El desayuno apenas podía pasarlo. La salida de su casa era traumática. Lentamente descendía por la escalera los dos pisos que lo separaban de la planta baja. Su papá, que bajaba unos minutos antes para poner en marcha el auto estacionado a metros de la puerta de calle, lo aguardaba adentro del vehículo. Enseguida, lo acercaba a la escuela, distante a unas 25 cuadras del hogar. En el viaje, por lo general, Pablo no hablaba, sólo se limitaba a responder preguntas. Llevaba su sufrimiento por dentro, procurando exteriorizarlo lo menos posible. Mientras cierta gente no puede disimular los sentimientos, él era lo contrario a una persona “transparente”; si pretendía ocultar un malestar o bien una alegría, podía hacerlo bastante bien. Y en este caso, había decidido no contarle a nadie lo que estaba viviendo. Por ende, tampoco nadie lo sospechaba.

Su papá lo dejaba a un par de cuadras del colegio. El trayecto que recorría a pie desde que descendía del auto hasta el establecimiento, implicaba para él tortuoso camino, lleno de  durísima incertidumbre. Deseaba fervientemente no ser blanco de bullying, aunque sabía que eso sería casi imposible. Para que su anhelo se cumpliera debía ocurrir que los chicos más molestos de su división faltaran a clase, algo que muy pocas veces acontecía. Y si encima era Damián el que no iba, las cosas podían llegar a agravarse mucho más, porque la presencia de su corpulento compañero de banco, oficiaba de protectora frente a los posibles embates de quienes solían acosarlo. Por lo tanto, la angustia diaria de Pablo se enfocaba en saber si Damián iría al colegio. Si Pablo llegaba y veía que su compañero ya estaba en el aula, dentro de su malestar, sentía una importante cuota de alivio. Por el contrario, si cuando él entraba al aula Damián todavía no estaba, una terrible sensación de desprotección lo perseguía hasta que finalmente, lo veía aparecer por la puerta de la sala.

Muchos años después, escribió: “Alma mía”.

La muerte física no es la muerte del alma. Nuestro cuerpo se pudrirá días después de que dejemos este mundo. No ocurre así con el alma. Pero el alma, ¿adónde va? Muchas personas creen que al cielo. Y si así piensan, es porque tienen fe, porque científicamente jamás nadie ha podido comprobar algo semejante. Estamos muy acostumbrados a escuchar qué tras el fallecimiento, de un ser querido, se dice: “Ahora está en el cielo”. Sin embargo, ¿de dónde sale tal afirmación?

Por más que a algunos les cueste reconocerlo, la Biblia dice que hay un Cielo dónde tienen su destino las almas. Aunque hay una afirmación bíblica quizás esté menos difundida: las Escrituras no dicen que todas las almas seguirán el mismo camino. La Biblia señala que así cómo existe un cielo también existe un infierno. Y qué lamentablemente para ellos, tendrán este triste destino final aquellos qué no estén reconciliados con Dios.

El Señor no quiere que nadie vaya allí. Porque ama al ser al cual creó, nos ofrece un lugar en el Cielo.  Pero debido a Su perfecta justicia, no permitirá qué alguien esté del lado de los justos cuando es un pecador. Y siendo pecador, ¿cómo hago para reconciliarme con Él? ¿Puedo dejar de pecar aunque me lo proponga fervientemente?  No. ¿Puedo aceptar el regalo que Dios me ofrece a modo de reconciliación? Sí. El sacrificio de Yeshúa (Jesús) es el regalo que Dios nos ofrece. Yeshúa se sacrificó por mí -y por toda la humanidad- para que yo pueda acceder a un lugar al que por mis propios meritos, jamás podría entrar.

Nadie me obliga a aceptar este regalo. Ni siquiera Dios. Pero si no lo acepto, sí me río, si lo ignoro, Él tampoco podrá permitirme ingresar a la morada donde las almas tendrán reposo eterno.

Un sustento bíblico:

Y todo el que invoque el nombre del Señor será salvo. Hechos 2:21.

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