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El de las discotecas era un mundo diferente. ¿Lo disfrutaba Pablo? Por un lado no. Si había algo que no le gustaba era acostarse en el amanecer del día siguiente. Hasta donde podía, evitaba irse a dormir con las luces del día. No comprendía a aquellos trasnochadores que no tenían problemas en seguir despiertos mucho más allá del horario de finalización de los boliches y que, por si esto fuera poco, insistían para ir a desayunar a algún bar o estación de servicio por la mañana. Pablo, en cambio, apenas llegaba a su casa, se acostaba a dormir y si todavía era de noche, sentía cierta satisfacción. Por eso, la época del año en la que prefería ir “a bailar” era avanzado el otoño o el invierno. Claro, días en que amanecía más tarde. ¿Ir a bailar? Bueno, ese es un título convencional que se le coloca a una salida al boliche. Pero Pablo era reacio a ejercer el baile propiamente dicho. No quería ni tampoco sabía hacerlo. De movimientos forzados y torpes, no se sentía capacitado para desenvolverse al ritmo de ningún género musical. Había una excepción: los temas lentos. Pero este estilo, al margen de alguna discoteca puntual, se encontraba prácticamente en desuso en los tiempos en que transcurrían sus salidas nocturnas. Otros estilos, dependiendo del perfil del boliche, sí sonaban con generosidad. Y Pablo se introducía en las pistas sólo en caso de necesidad extrema, lo que, significa, que únicamente bailaba si de eso dependía el hecho de poder conquistar a una chica. Su estrategia apuntaba a lograr su objetivo utilizando la charla, que en la jerga, recibía el nombre de “parla” o “chamuyo”. Si sólo con el chamuyo no conseguía cristalizar la conquista, recurría a lo que para él era la instancia más incómoda: el baile. Tanto en una como en otra instancia, contaba con ese falso amigo que lo ayudaba a neutralizar, al menos por unas horas, su timidez: el alcohol. Pero una vez que su dulce efecto desaparecía, también se hacía añicos la sensación de poderío que abrazaba a Pablo con el frenético ritmo de la música como testigo.

Muchos años después, escribió: “LA COSIFICACIÓN”.

Hasta hace poco era común ver gente semidesnuda en diarios y revistas. Tras la llegada de iniciativas sociales que, con razón, argumentaban que el ser humano no es “una cosa”, esta costumbre disminuyó. Sin embargo, hombres y mujeres siguen considerándose “objetos” en otros niveles. En centros de diversión como discotecas o boliches se ven muestras de que esto es así: al prójimo no se lo observa con la intención vincularse afectivamente sino como un elemento que sirve para satisfacer un deseo personal, a menudo motivado por una necesidad sexual. Se producen entonces situaciones (y ya no sólo en las discotecas) donde la persona se convierte en un objetivo de entretenimiento temporal, sin que interesen sus pensamientos ni sentimientos. Ya no hay desnudez en las revistas pero ciertas costumbres no solo no cambiaron, sino que se han vuelto más amargas de lo que eran.

Un sustento bíblico:

Por tanto, hagan morir todo lo que es propio de la naturaleza terrenal: inmoralidad sexual, impureza, bajas pasiones, malos deseos y avaricia, la cual es idolatría. Colosenses 3:5.

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