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En la casa de Marianito y su familia había una amplia terraza. En ese lugar ubicado en el primer piso del PH, solían pasar lindos momentos. Por ejemplo, uno de sus cumpleaños -tal vez a sus cuatro o cinco años- lo festejaron allí, con familiares, amigos, y hasta animadoras infantiles. Con respecto a esta terraza, Mariano también recordó por mucho tiempo una amarga experiencia: en cierta oportunidad, junto con un amiguito, cometieron una travesura. Tras comprobar que era posible asomarse por sobre un muro y ver una propiedad vecina, los nenes arrojaron algunos objetos (¿pequeñas piedritas?) hacia la casa de abajo. Se trataba de una vivienda ubicada en la esquina de la cuadra.

La dueña de esta casa tenía una cordial relación con la tía de Mariano. Incluso, él conocía bien a la mujer, por haberse cruzado reiteradas veces con ella en el barrio. La tía de Marianito no demoró en tomar conocimiento de la travesura, seguramente porque se lo comentó su vecina. Los objetos arrojados no eran contundentes, aunque a la señora, desde luego, no le cayó nada bien la irrespetuosa actitud. Cuando Francisca se enteró, probablemente al día siguiente, llevó al pequeño tirapiedras hacia la propiedad de la esquina e hizo que le pidiera perdón a la damnificada. Esta, con una tierna sonrisa, no tuvo problemas en aceptar las disculpas del avergonzado muchachito, que nunca más volvió a hacer una cosa semejante en la terraza de la calle Linneo.

Claro que, así cómo había disfrutado del festejo de aquel cumpleaños, los momentos lindos vividos en la planta alta de la casa también superaban en cantidad a los feos. Un buen ejemplo apunta a los anocheceres en compañía de su prima Fernanda, la hija de Francisca y de Faustino. Si bien eran primos, la estrecha relación que los unía, generaba que en la práctica el vínculo fuera como de auténticos hermanos. En reiteradas ocasiones, Mariano y Fernanda –doce años mayor que él- subían a la terraza a contemplar el bello espectáculo que ofrecían las primeras sombras de la noche. En este contexto, alzando la mirada, susurraban el tradicional “chau Sol, hola Luna”, y se quedaban un rato en silencio, observando el cielo estrellado.

(*) Las historias son verdaderas. Los nombres, para preservación de los mismos, no siempre corresponden a sus protagonistas.

Muchos años después, Pablo escribió: “¿Y SI HACEMOS UNA AUTOCRÍTICA?”

El de sabio corazón acata las órdenes, pero el necio y rezongón va camino al desastre. Proverbios 10:8.

Siempre que suceden catástrofes o hechos que nos causan indignación aparecen quienes culpan a Dios o ponen en duda su existencia. “¿Dónde está Dios, por qué permite esto?”, se suele escuchar. Muchos de estos planteos seguramente provengan de la misma gente que jamás hizo caso a las indicaciones del Creador de la vida. Pero cuando como resultado de esa anulación que hacemos de Dios llegan los problemas, nos acordamos de él para responsabilizarlo de conflictos y dificultades que nosotros mismos generamos. Numerosos desastres que afrontamos individual y colectivamente son la consecuencia de haber sido desobedientes a sus enseñanzas e instrucciones. Pero es evidente que para el ser humano, lo más sencillo es eludir la autocrítica y echarle la culpa a otro. Aún siendo éste otro, el mismísimo creador del Universo.

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