Marianito y su familia habitaban la segunda de las tres casas del PH. La primera era la del matrimonio compuesto por Ester, Cholo y Ruben, el hijo de ambos. En la tercera y última vivienda del largo pasillo, vivían una mujer llamada Olga y su hija Alejandra. Ella era dos o tres años mayor que Mariano. A pesar de la diferencia de edad, solían pasar juntos bastante rato. “¿Puedo ir a jugar con Ale?”, preguntaba él. La respuesta de Francisca no siempre era afirmativa aunque por lo general, trataba de darle los gustos al integrante más chico de la familia.
Cuando Marianito iba al jardín de infantes pero estaba cerca de empezar primer grado, un diálogo que tuvo con su amiga mayor lo asustó: mientras jugaban en el patio de la casa de Olga, Alejandra le dijo, sin anestesia, algo así como que la primaria sería muy difícil porque tendría que estudiar mucho. Él quedó algo traumatizado por lo que acababa de escuchar. Imaginó que el cambio sería muy grande y acusó el impacto. El miedo no se le fue así nomás… Por eso, mientras se acercaba el momento de iniciar la nueva etapa, Mariano sufría pensando en lo que se vendría. Sin embargo, una vez acomodado en primer grado, se dio cuenta de que el panorama no era tan terrible como veía en su cabecita. Durante un largo tiempo siguió recordando aquellas palabras intimidantes de Ale, pero a medida que avanzaba sin complicaciones en el ciclo lectivo, respiraba aliviado por haber comprobado que no existían aquellos “fantasmas” que su mente había dejado desarrollarse a partir del diálogo en el fondo del PH.
Poco después (un año o dos, quizás) Olga y su hija se fueron a vivir a otro lado. Mariano no volvió a verlas. A la última vivienda del pasillo se mudó un hombre de alrededor de 60 o 70 años. Su apellido era Cañete; su nombre de pila, Lindor, le llamaba la atención a Marianito, que nunca había oído que alguien se llamara de esta manera.
(*) Las historias son verdaderas. Los nombres, para preservación de los mismos, no siempre corresponden a sus protagonistas.
Muchos años después, Pablo escribió: “ENÉRGICO PERO NO TIRANO”.
Miren, hoy les doy a elegir entre la bendición y la maldición: bendición, si obedecen los mandamientos que yo, el Señor su Dios, hoy les mando obedecer; maldición, si desobedecen los mandamientos del Señor su Dios y se apartan del camino que hoy les mando seguir, y se van tras dioses extraños que jamás han conocido. Deuteronomio 11:26-28.
Dios no es un tirano como quizás muchos piensen tras haber leído las Escrituras solo de modo parcial. Nuestro Creador no obliga a nadie a seguirlo ni a obedecerlo, simplemente nos dice cuáles son sus normas y detaca la importancia de respetarlas. Es muy enérgico para hacerlo porque como un buen padre, quiere lo mejor para sus hijos y que nadie se desvíe del camino correcto. Pero siempre aclara que la decisión es de nosotros. No desea que hagamos las cosas como autómatas, aunque además, aclara que la obediencia trae bendición a nuestra vida. Con la desobediencia, en cambio, es todo lo contrario. Elijamos la bendición, pero no por miedo sino por amor hacia aquel que nos dio la vida y anhela darnos la salvación.