Pasó el tiempo. De pronto, todo cambió. Pablo hizo memoria: ¿cuánto transcurrió desde que había comenzado a salir con Romina? Rápidamente obtuvo la respuesta mental: casi tres años. En ese período, aprendió tantas cosas… Supo lo que era estar de novio. A compartir. A hacer planes. A vivir momentos en pareja; de los buenos, de los malos; de los alegres, de los tristes. Ella conoció a la familia de él; él, a la familia de ella… Sin embargo, un día, Romina dijo basta, hasta acá llegamos. En un atardecer invernal, sin anestesia, le dio: quería estar sola. El breve diálogo lo tuvieron en pleno barrio de Caballito, en la entrada de un edificio cualquiera, sobre Avenida La Plata. Sí, a unas pocas cuadras de la esquina de La Plata y Rivadavia, el lugar en el cual se encontraron por primera vez unos tres años antes e iniciaron una relación que, según los dichos de Romina, hasta ahí había llegado.
A Pablo lo tomó de sorpresa semejante decisión unilateral. Conmocionado, hizo algún intento para convencerla de que estaba equivocada. Pero a ella se la veía muy firme. Y a pesar de aquel lánguido “te necesito” utilizado como manotazo de ahogado, no hubo marcha atrás. “Vos no necesitás a nadie”, recibió por respuesta. La frase salió de los labios de su ya ex novia como un susurro que al mismo tiempo, tuvo la fuerza de un golpe de nocaut. Y ahí se quedó Pablo, flameando en un imaginario ring, a punto de besar la lona.
Había aprendido muchas cosas durante su noviazgo. La ruptura, le dejaría enseñanzas aún mejores, aunque, eso sí, terriblemente dolorosas. Aprendería que a una pareja no hay que descuidarla, que la relación se construye de a dos y otras tantas lecciones de vida. A pesar de que todo esto sonaba muy cursi, amargamente comprendería la tremenda importancia que esas verdades tenían.
Muchos años después, escribió: “EL CORAZÓN HUMANO”.
Luego (Yeshúa –Jesús-) añadió: -Lo que sale de la persona es lo que la contamina. Porque de adentro, del corazón humano, salen los malos pensamientos, la inmoralidad sexual, los robos, los homicidios, los adulterios, la avaricia, la maldad, el engaño, el libertinaje, la envidia, la calumnia, la arrogancia y la necedad. Todos estos males vienen de adentro y contaminan a la persona. Marcos 7:20-23.
Dios ama a las personas a quienes les dio la vida. No odia a nadie pero sí odia el pecado, que está compuesto por elementos como el orgullo, la violencia, la mentira, la maldad, la inclinación a provocar peleas propias o en terceros. Es imposible, para cualquier ser humano, no haber hecho nunca nada de esto. Por eso, cuando nos demos cuenta de que un sentimiento así nos viene, no esperemos hasta la noche, al día siguiente o a la próxima semana para confesarle a Dios nuestro pecado. Hagámoslo en el mismo momento, mediante una sencilla pero sincera oración. Él espera nuestro arrepentimiento, lo valora y está dispuesto a ayudarnos a cambiar lo que debemos corregir. Además, y esto es muy importante, tiene el poder sobrenatural para ayudarnos a hacer lo que no podríamos hacer con nuestras fuerzas humanas naturales.