A pesar de todos los aspectos negativos que contenía el hábito de asistir a los boliches, Pablo seguía yendo. Es que en la balanza, había cosas que pesaban más que otras. De acuerdo a su criterio, el alto precio que debía pagar (acostarse de madrugada/mañana, sufrir la resaca, soportar música a todo volumen, a lo que también habría que sumar el costo de la entrada y de las bebidas que ingería) podía verse largamente recompensado con la posibilidad de realizar alguna conquista. La verdad es que Pablo atravesó muchos momentos en los que, en lo afectivo, se sintió solo, por lo que anhelaba llenar los espacios que en su vida dejaba libres la ausencia de una compañera. Y ante las escasas chances que tenía de suplir esa ausencia por otra vía -siempre según lo que su baja autoestima le enrostraba-, la buscaba fervientemente en las discotecas. De modo que la balanza, considerando todos estos elementos, se terminaba inclinando hacia el mismo lado. Pero claro, luego de esta explicación, cabe hacerse una pregunta que podría caerse de madura: ¿en estos lugares sí tenía éxito con las mujeres? La respuesta es relativa. Si se sumaran las veces en las que se retiró del boliche sin haber besado a una chica y/o conseguido el número telefónico de alguien, el resultado final sería ampliamente negativo. Esas ocasiones también eran duras para Pablo. A veces, cuando al aproximarse la hora de partida aún no había entablado el contacto que satisfacía sus expectativas, una amarga sensación lo invadía: una mezcla de frustración con tristeza, melancolía y –para qué negarlo- envidia, esto último, al ver tan cerca de él a otras personas que estaban en pareja. Lo mismo, podía ocurrirle a la salida del boliche, cuando en el viaje de regreso, empezaban a asomar las luces del alba. En cierta oportunidad, inclusive se le cayeron varias lágrimas en una fría madrugada de invierno, en el contexto de un largo trayecto hacia su casa.
Muchos años después, escribió: “Miedo que protege”.
¿Por qué cuando hay un ruido muy fuerte nos asustamos? ¿Por qué si alguien nos levanta la mano para pegarnos instintivamente nos cubrimos? Porque nos da miedo. El ser humano lleva incorporado un mecanismo que lo ayuda a protegerse. Dios lo creo con un miedo sano, espontáneo, de suma utilidad para ponerse a salvo del peligro, así como también ocurre con los animales. Hay que aprender a diferenciar: llenarnos de miedos innecesarios puede hacer que la pasemos mal, pero podría ser peor no darle importancia a un miedo que brinde protección. Por eso cuando alguien en particular o la sociedad en general nos acusen de miedosos porque no hacemos tal o cual cosa que está de moda, o porque lo que deseamos seguir son las instrucciones de Dios, no nos sintamos tristes ni afligidos. Tengamos claro que hacer lo que el Señor manda no es señal de debilidad sino de sabiduría.
El sabio teme y se aparta del mal; el insensato es insolente y confiado. Proverbios 14:16.