El formulario que la maestra les había entregado a los alumnos para que fuera completado en casa y devuelto al colegio, era una piedra en el zapato de Mariano. La obligación de tener que cuplir con este requisito lo perturbaba seriamente. Claro, la información familiar que la escuela pedía, dejaría en evidencia que su mamá había fallecido. Para Mariano, figurativamente hablando, así como una piedra en el zapato, ese papel también le quemaba entre las manos. ¿Qué haría? No lo sabía. Lo más sensato hubiera sido le contara a su papá o a su tía acerca de esta preocupación que lo acosaba. Sin embargo, a sus diez un once años, Mariano ya elegía afrontar en soledad los problemas. Se estaba convirtiendo en un chico realmente introvertido, y más todavía, en el ámbito hogareño.
Sucedió entonces, que día tras día, iba demorando la entrega del formulario. La mayoría de sus compañeros (o todos, a lo mejor) había cumplido con el trámite cuando una mañana, la maestra le preguntó si había traído el formulario. Mariano sintió la pregunta como una trompada directa al estómago. Deseaba con todas sus fuerzas que Mercedes se olvidara de esa hoja tamaño oficio y que nunca más se la reclamara. Pero desde luego, pasó lo contrario. Incómodo, escuetamente le contestó que no. Y ahí quedó la cosa…
Lo ocurrido poco después, por aquellos mismos días, fue sorprendente. Al menos, para Mariano. Su papá había ido a hablar con la maestra y la puso al tanto de la situación, comentándole que su esposa había fallecido. “Pensé que por ahí te daba vergüenza decirle. Justo la vi en la puerta del colegio, fui y se lo dije yo mismo”, le explicó. Mariano se quedó duro. Estaba sorprendido de que todo se hubiera resuelto de esa manera. Por un lado, se puso muy contento, porque el episodio narrado por su padre, evitó que fuese él quien tuviera que exponerse ante la maestra. Por otra parte, también acababa de quedar al descubierto esa verdad que tanto había querido ocultar. De cualquier forma, ya nada había qué hacer. Al día siguiente, la vida escolar siguió desarrollándose con normalidad. Ni la docente ni su alumno, volvieron a mencionar el tema.
(*) Las historias son verdaderas. Los nombres, para preservación de los mismos, no siempre corresponden a sus protagonistas.
Muchos años después, Pablo escribió: “NO HAY PALABRAS”.
Oren en el Espíritu en todo momento, con peticiones y ruegos. Manténganse alerta y perseveren en oración por todos los santos. Efesios 6:18.
¿Cómo nos comunicamos con Dios? Mediante la oración. ¿Y cómo debe ser la oración? No hay reglas. Muchos acostumbran a pedir y agradecer al levantarse; también cuando se acuestan. Pero el Creador de la vida nos enseña que no existe límite horario ni físico para establecer con él una relación de amistad. Un niño puede, por ejemplo, orar mientras sube la escalera de su escuela para encontrarse con su nueva maestra, y expresar una petición como esta: “Señor, que sea una buena maestra”. Cuando va en tren hacia el trabajo, un adulto puede comprender que ofendió a un vecino al salir de su casa. Entonces podría orar así: “Señor, no me he portado bien, perdóname y ayúdame a solucionar la situación cuando regrese”. No hay momento, lugar, ni tampoco palabras fijas para hablar con Dios. Pero una buena comunicación con nuestro Creador es esencial para que su paz llegue a nuestro corazón.