Faltaban pocos días para comenzar el ciclo lectivo. Mariano ya sabía que tendría que cambiarse de escuela. La decisión estaba tomada. Había intentado resistirse lo máximo posible y no consiguió torcer la opinión familiar. Pero a pesar del bajón anímico que esto le produjo, sabía que la decisión de que comenzara el sexto grado en el colegio de la vuelta, era más coherente que viajar en dos o tres líneas de colectivos con tal de no cambiar de establecimiento. Igual, apesadumbrado, veía la fecha del comienzo de las clases como un lunes amenazante al que de ninguna manera tenía deseos de llegar.
Una mañana, se encontraba en el patio de la nueva casa mientras su papá y sus tíos estaban en la puerta de calle, seguramente, realizando algún trabajo relacionado a la reciente mudanza. Un largo pasillo separaba la vereda del patio en donde Mariano, de puro aburrido tal vez, lijaba una pequeña madera. De pronto, ingresó un chico a saludarlo. Le dijo que se llamaba Walter; que al pasar por la puerta y quedarse mirando, lo invitaron a entrar para que se conocieran. Le contó que era vecino del barrio y que iba al mismo grado y colegio al que él iría. Walter parecía muy sociable y extravertido. Todo lo contrario de Mariano, quien entendió su irrupción en la casa como una invasión a la privacidad instigada desde su propia familia. La intención de ellos había sido buena, aunque no comprendían que para el pensamiento de un tímido, esto no representaba ningún favor sino una terrible afrenta a su zona de confort. Apenas unos minutos duró el encuentro. De no ser por la mala predisposición de Mariano -tan sorprendido como molesto por la inesperada visita se limitó a hablar lo mínimo indispensabe-, probablemente la conversación hubiera sido mucho más larga. De todos modos, Walter se despidió con corrección y salió. Unos días después, volvería a encontrarlo en el colegio.
(*) Las historias son verdaderas. Los nombres, para preservación de los mismos, no siempre corresponden a sus protagonistas.
Muchos años después, Pablo escribió: “BATALLAR PARA TRIUNFAR”.
Viviré con toda libertad, porque he buscado tus preceptos. Salmo 119:45.
A la salida del pueblo de Israel de Egipto, acertadamente se la asocia con que Dios nos libera del pecado que nos esclaviza desde que nacemos. El Señor liberó a su pueblo de aquella esclavitud así como también nos hace libres de pecado si aceptamos nuestra triste condición. Pero la batalla es dura. Así como el rey de Egipto se resistió furiosamente a que sus esclavos dejaran su tierra, el pecado que vive en nosotros no quiere que tratemos de neutralizarlo y hará tremendos esfuerzos para seguir gobernando nuestra vida. Dios estuvo del lado de los israelitas y a pesar de la oposición enemiga, gracias a su poder sobrenatural, su liberación se llevó a cabo. Nosotros también podemos triunfar en la guerra contra el pecado aunque eso no podrá concretarse si apartamos a Dios de nuestro lado. Sin su mano milagrosa esta es una guerra perdida. En cambio, junto a su imprescindible presencia, la esclavitud ya no podrá mandar sobre nosotros nunca más.