A sus diez años, Mariano se cambió de escuela. La mudanza de sus tíos y su prima –que se fueron a vivir a una casa del barrio de Coghlan- había hecho necesaria la modificación. Nada quería saber él con dejar el colegio en el que había cursado los tres años anteriores. En aquel establecimiento de La Paternal ya tenía amigos y se sentía muy cómodo. Por eso, le generó una gran ansiedad imaginar que tendría que arrancar de cero en otro lugar. Todavía no viajaba solo en colectivo. Pero prefería hacerlo -aunque ni siquiera había una línea que cubriera el trayecto en forma directa entre su escuela y el nuevo hogar- antes que alterar el sitio de sus estudios.
La familia entendió su inquietud. En principio, todos acordaron que a pesar de la mudanza, Mariano continuaría cursando en La Paternal. El ciclo lectivo ya había terminado y las vacaciones consumían sus primeros días. Sin embargo, a medida que avanzaba el receso veraniego, su papá y sus tíos llegaron a la conclusión de que por una cuestión de practicidad, lo más lógico sería anotar a Mariano en un colegio próximo al nuevo domicilio, para lo cual no habría que buscar demasiado: exactamente a la vuelta de la casa, había una escuela primaria. ¿Para qué tomar dos o tres colectivos cada día, si se podía llegar caminando en menos de cinco minutos? El razonamiento era correcto. Y aunque Mariano no quería dar el brazo a torcer, finalmente debió aceptar la decisión. Muy pronto, cerca de cumplir once años, comenzaría a cursar sexto grado.
(*) Las historias son verdaderas. Los nombres, para preservación de los mismos, no siempre corresponden a sus protagonistas.
Muchos años después, Pablo escribió: “¿QUÉ ES EL PECADO?”
Los que viven según la naturaleza pecaminosa no pueden agradar a Dios. Romanos 8:8.
Los creyentes lo mencionan en forma constante. Los no creyentes, casi nunca. Los creyentes tratan de huir de él. Los no creyentes suelen ser indiferentes o burlarse cuando oyen sobre él. Eso es el pecado, que significa estar en rebelión con Dios. El ser humano viene al mundo como pecador porque por naturaleza, somos desobedientes hacia nuestro Creador. Sin embargo Dios quiere que podamos liberarnos de ese estado que nos impedirá la entrada al cielo. Por eso nos envió a Su Hijo Yeshúa (Jesús) para que nos haga libres. En su paso por la tierra él nunca pecó y ahora está junto al padre, nos ama y es el único que puede darnos la salvación. Al aceptarlo así, si bien no podremos evitar cometer pecados, ya no deberemos quedarnos a vivir en ese estado. En cambio, nos esforzaremos para dejarlo atrás definitivamente y complacer a aquel que nos dio la vida, que nos bendice en la tierra y nos promete pasar junto a él la eternidad.