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A sus cinco, seis o siete años, Mariano tenía una excelente relación con su papá, Alberto. Ambos mantenían un estrecho vínculo a pesar de que el niño pasaba gran parte del día en casa de sus tíos y su prima. Para Mariano este también constituía un verdadero hogar. En cierta época, estando muy cerca las vacaciones, la familia organizó las cosas como para pasar parte del verano en la costa argentina. Alberto no iría el tiempo completo por cuestiones laborales, sino que se uniría al resto del grupo con las vacaciones ya empezadas. Días antes de partir, tuvo lugar un extraño diálogo entre el niño y su prima, que era unos doce años mayor. La conversación giró en torno al viaje que se produciría en breve, y se dio de tal manera que en un momento, ella le preguntó: “¿Preferís que papi venga con nosotros de vacaciones o que te den un billete de cinco mil pesos?”. Desde luego, Fernanda, la hija de Francisca y Faustino, imaginó que la respuesta sería un sí rotundo a la primera de las opciones. Por eso, probablemente, haya quedado impactada cuando su primito, sin dudar, eligió la segunda. De inmediato, se preocupó por darle a entender que semejante materialismo –aunque no utilizó esta palabra- estaba mal y que la mejor era la primera de las opciones. Desde su inocencia Mariano se quedó pensando. No estaba convencido de lo uno ni de lo otro, pero por alguna razón, no se olvidó de aquella charla.

Pronto, se fueron a Mar de Ajó. Tal como estaba previsto, Alberto se acopló más tarde al resto del grupo. Y su llegada, resultó una hermosa experiencia para Mariano, que a lo grande disfrutó de la estadía de su papá en la playa. Juntos, fueron al mar y compartieron bellísimos momentos, fortaleciendo enormemente la relación padre-hijo. Más de una vez, el pequeño recordó aquel diálogo con su prima, y se dio cuenta de que ella no estaba equivocada. ¿Cómo podía haber elegido el dinero y no la presencia de su papá?, se planteó, casi con vergüenza. Incluso, una vez finalizadas las vacaciones, todo esto siguió dando vuelta por su cabeza.

(*) Las historias son verdaderas. Los nombres, para preservación de los mismos, no siempre corresponden a sus protagonistas.

Muchos años después, Pablo escribió:

LOS LÍMITES HUMANOS

¿Dónde estabas tú cuando yo fundaba la tierra? Házmelo saber, si tienes inteligencia. Job 38.4.

La ciencia sigue avanzando. En la tierra y en el espacio. El hombre explora los cielos y traslada cada vez más lejos la expectativa de vida. En promedio las personas viven mucho más tiempo que hace un siglo. La humanidad se jacta de sus grandes logros,  ambicionando más y más. Sin embargo, al mismo tiempo, hasta los científicos más inteligentes enmudecen, permaneciendo impotentes frente a preguntas existenciales que nadie más que Dios puede develar y resolver. A pesar de los importantes progresos, basta con que el creador del Universo decida tal o cual cosa, para que nada se pueda hacer al respecto. La vida empieza y termina cuando él así lo determina. Y ante esto ninguna injerencia tenemos. Lo único que sí podemos hacer -y no es poco-, es colocarnos de su lado en lugar de resistirnos ante su presencia y rebelarnos ante su sabia autoridad. Llegaremos más lejos aceptado esto, colocándonos bajo su protección y autoridad, que imaginando que podemos hacer algo a sus espaldas.

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