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En la casa de sus tíos, Mariano durmió en una cuna por un tiempo bastante prolongado. Ya había excedido su etapa de bebé pero seguía usando la clásica camita de barrotes, de color blanco. Eran pocas veces que se quedaba a dormir en la casa de ellos, ya que casi siempre, su papá lo buscaba por las noches, después del trabajo, y una vez terminada la cena en familia, se subían al auto para irse al pequeño departamento que compartían padre e hijo, que estaba a unos 15 o 20 minutos de viaje de donde vivían Faustino y Francisca.

La falta de una cama apropiada, probablemente era un impedimento importante para que Marianito pudiera pernoctar más seguido en el hogar de la calle Linneo. Lógicamente, a la edad de tres o cuatro años, ya no podía hacerlo más. Su cuerpito no cabía en ese mínimo espacio. Hasta que le compraron una cama “para grandes” y pudo volver a quedarse… ¡Qué alegría tenía Mariano el día en que se la trajeron! Su desbordante entusiasmo lo llevó a correr por el pasillo del PH hacia la puerta de calle para recibir el mueble, mientras a viva voz, le comunicaba la novedad a quienes pudieran oírlo.

A Mariano le gustaba mucho estar en esta casa, la cual sentía como su propio hogar. También le agradaba pasar tiempo con su papá, con el que se llevaba muy bien. Tanto, que lo extrañaba cuando se separaban. Cierta noche el padre del niño tuvo un compromiso. Esto implicaba que, naturalmente, Marianito se quedaría a dormir con sus tíos. Era una excelente oportunidad para disfrutar de la cama cuya adquisición tanto había celebrado. Como la costumbre indicaba, aquella noche también se dirigieron en el auto desde Colegiales hacia La Paternal. Sin embargo, cuando llegó el momento de la despedida, a Mariano lo asaltó un inesperado ataque de llanto: no quería saber nada con que su papá se fuera y mediante gritos desgarradores, se encargó de que todos se enteraran. Francisca –haciéndole upa- y Faustino procuraron calmarlo, pero la empresa no resultó para nada sencilla. Hasta que finalmente se tranquilizó y pasó la noche sin problemas.

(*) Las historias son verdaderas. Los nombres, para preservación de los mismos, no siempre corresponden a sus protagonistas.

Muchos años después, Pablo escribió: “EL AUTOR DE LA FE”.

Porque todo el que ha nacido de Dios vence al mundo. Esta es la victoria que vence al mundo: nuestra fe. 1 Juan 5:4.

Algunas personas dicen no tener fe, pero ante un problema grave como enfermedades o accidentes con riesgo de muerte, ¿quién no ha invocado a Dios o a una fuerza superior para que solucione las cosas? Dios puso fe en nuestro corazón al crearnos. Y además nos dijo a través de los profetas que él es ese ser supremo al que buscamos. Quizás sin darnos cuenta, no hace falta que estemos desesperados para recurrir a ese “algo” sobrenatural. ¿Qué es entonces la astrología, o qué es una cábala, por citar apenas dos elementos sobrenaturales a los cuales la gente se dirige cuando va por una ayuda que lo humano no puede alcanzar? Por eso, no confundamos falta de fe con apartar a Dios de nuestra vida. Son dos cosas muy diferentes. Cuando usando nuestra poca o mucha fe, busquemos y busquemos en tantos lugares, mejor acerquémonos al autor de la fe misma, que nos estará esperando con los brazos abiertos para darnos esa ayuda que precisamos. Porque nos ama, porque nos dio la vida y porque pretende darnos la salvación.

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