Desde el “hola” con el que Romina dio inicio a la conversación telefónica, transcurrieron unos diez minutos de charla. Así, comenzaron a conocerse. Ya se habían visto algunos días antes en el boliche, pero el objetivo que Pablo se había planteado era lograr que aquella conexión inicial no se diluyera y se transformara en algo más duradero con esa chica que tanto le había gustado.
Le preocupaba que surgiera un bache en la conversación, un silencio incómodo -de esos que apenas duran dos o tres segundos, pero que, bajo la lupa distorsionante de la timidez, pueden parecer larguísimos-. Según pensó, eso no hubiera contribuido en absoluto.
Sin embargo, Pablo estuvo muy atento a evitar ese posible y temido vacío, y la charla fluyó con bastante naturalidad. Hablaron de temas livianos. Ninguno de los dos era, precisamente, de hablar en exceso. Frente a la idea algo idealizada de mantener una conversación espontánea durante horas, lo más práctico era ir al grano y concretar una primera salida.
A medida que pasaban los minutos y se iba calmando tras los nervios que precedieron al llamado inicial, Pablo se propuso encaminar el diálogo hacia el ansiado encuentro.
En un momento, llegó la necesidad de tomar la iniciativa y lanzar la pregunta cuya respuesta podía provocar reacciones completamente opuestas: euforia ante un sí, o decepción si recibía un no del otro lado del teléfono. Se aproximaba una instancia crucial, lo que volvió a acelerar el ritmo de su corazón. ¿Estaría Romina dispuesta a continuar conociéndose? Si le había dado su número y estaban hablando en ese preciso instante, había buenas razones para pensar que la respuesta sería afirmativa. Pero, claro… nunca se sabe.
Estos y otros pensamientos similares rondaban su mente con una frecuencia agotadora. Y ahora que la gran pregunta estaba por salir, volvían con fuerza después de haberse silenciado por un rato. Entonces, con el pulso acelerado, la ansiedad al máximo, pero también con mucha determinación, Pablo pronunció una frase como esta: “¿Qué te parece si nos vemos uno de estos días?”.
Muchos años después, escribió: ¿POR QUÉ BUSCAS EN OTRO LADO?
Hoy en día mucha gente recurre al tarot, la videncia, la brujería, etc. En la antigüedad también se hacía. Pero el Señor lo prohibió. Esto podría sonar autoritario, pero hazte esta pregunta: ¿cómo se sentirían tus padres si en vez de confiar ellos, que te dieron la vida, te aman, y quieren y pueden ayudarte, los olvidas y vas a ver a sus enemigos para que te solucionen un problema? Los que usan este tipo de prácticas, por más que quizás tengan algún poder o habilidad, no están alineados a la voluntad de Dios, el único que sí es Todopoderoso. El se propone ayudarnos y darnos todo lo que nos haga falta. Y a lo largo de todas las Escrituras, nos dice que no nos inquietemos por saber sobre el futuro ni vayamos a buscar a ninguna otra parte, lo que a su lado tenemos en abundancia.
Un sustento bíblico:
Cuando les digan: ‘Consulten a los espíritus y a los adivinos que susurran y murmuran’, respondan: ‘¿Acaso no debe un pueblo consultar a su Dios?’ ¿Por qué consultar a los muertos en favor de los vivos? Isaías 8:19.