En varias ocasiones, Mariano había visto a un grupo de chicos jugar a la pelota enfrente de su casa. La calle Linneo era muy tranquila; así y todo, hubiera sido descabellado jugar sobre la calzada. Una vereda por donde casi no circulaban peatones sí era considerada el lugar apropiado por unos cuantos vecinitos de la zona que de tanto en tanto, se reunían a dirimir sus contiendas futbolísticas, utilizado las baldosas como cancha y los árboles como postes de los arcos. El otro “poste” de cada arco, lo constituía, probablemente, un montoncito de ropa apilado sobre las baldosas, pegado a las fachadas de las viviendas.
¿Qué edad tendría Marianito cuándo divisaba aquellos partidos desde el lado de enfrente de la calle? Seis años, siete quizás… Atraído por el entusiasmo de los niños de enfrente –a quienes sólo conocía de vista-, comenzó a sentir ganas de participar él también de sus fervorosos encuentros futboleros. Hasta que un día les dijo a su papá y a su tía que deseaba jugar con ellos. Los chicos eran bastante más grandes. Tendrían unos diez u once años. Por eso, a lo mejor, el consentimiento para que se cruzara a jugar no fue inmediato. Sin embargo la insistencia de Marianito terminó por inclinar la balanza a su favor. Una tarde, previa gestión familiar, los players de la cuadra permitieron que Mariano entrara en acción. Pero las cosas no salieron como esperaba. Acaso por su condición de novato, lo ubicaron en la posición de arquero de uno de los equipos, en el “arco” que daba espaldas a la calle Terrero. Le hicieron varios goles y tuvo una actuación que, según su autoevaluación, no había sido buena. Terminó siendo debut y despedida: un tanto desanimado por las circunstancias, ya no volvió a pedir que lo llevaran a los vibrantes encuentros deportivos barriales.
(*) Las historias son verdaderas. Los nombres, para preservación de los mismos, no siempre corresponden a sus protagonistas.
Muchos años después, Pablo escribió: “HACIA LA LIBERACIÓN”.
—No tengan miedo —les respondió Moisés—. Mantengan sus posiciones, que hoy mismo serán testigos de la salvación que el Señor realizará en favor de ustedes. A esos egipcios que hoy ven, ¡jamás volverán a verlos! Éxodo 14:13.
Dios sacó a Israel de Egipto a través de Moisés, cuya fe fue esencial para guiar al pueblo a la libertad. Pero los israelitas nunca terminaban de reconocer el poder de Dios. Así es que si en su viaje por el desierto debían enfrentar momentos difíciles, preferían volver a la esclavitud antes que confiar en el Creador e ir por la tierra prometida. También esto suele pasarnos a nosotros: el pecado nos domina pero nos resistimos a reconocerlo y por ende, a abandonarlo. Nos resulta más cómodo seguir allí que pensar en una libertad a la que solo por la fe podremos acceder. El camino que nos aleja del pecado tiene obstáculos pero es más fácil cuando entendemos que Dios mismo marcha con nosotros si nos decidimos a transitarlo. Quedarse a vivir en el pecado, en cambio, no implica grandes esfuerzos pero tiene un triste final. Lo que sucedió con Egipto es un símbolo de esto: cuando su ejército intentó hacer volver a Israel a la esclavitud, la justicia impartida desde el Cielo acabó para siempre con él.