Pablo reflexionó con respecto a la terapia que había hecho durante ciertos momentos de su vida, y llegó a la conclusión de que si en algo le había sido útil, fue porque de esta manera, en un consultorio y durante aproximadamente una hora por semana -o cada quince días-, podía conversar de temas que en general no hablaba con nadie. Su introversión no lo ayudaba a la hora de expresarse cotidianamente, por eso le hacía bien sacar a la luz delante del profesional de turno, aquellos pensamientos que permanecían bien guardados a lo largo de extensos períodos temporales.
Sin embargo, más allá de lo positivo que estos contactos terapéuticos le resultaron para compartir ideas que por lo general no compartía con nadie, y al margen de que también gracias a algunas sesiones –especialmente con Cristian, el último de los analistas a los cuales visitó- había conseguido mejorar problemas puntuales de importancia, Pablo concluyó que un fuerte autoanálisis es el que más ayudó a desentrañar las causas de su baja autoestima. Esa poca estima en sí mismo era, según entendía, la que tanta influencia tenía en el miedo exagerado a las enfermedades que estaba sufriendo. Y como para cerrar el círculo, la desesperación por vencer a ese miedo, era la que lo había llevado a hacer terapia.
Pero como ya se dijo, no había sido honesto con los profesionales a los que recurrió, porque no se animó a revelar una parte clave del asunto: los padecimientos que el bullying le provocaron en su adolescencia. Paradójicamente, su baja autoestima, el temor a sentirse menospreciado por el terapeuta (esto lo vivió sobre todo con María Luz, la psicóloga que lo atendió a sus veintitantos años), no lo dejó llegar al meollo de la cuestión en la terapia como quizás debería haberlo hecho si deseaba superar sus dificultades.
De modo que, dejando atrás la etapa del consultorio, fue el autoanálisis que ensayó durante tantos años, el que lo condujo a entender mejor algunas cosas. Confirmó así que el bullying de la secundaria era una de las razones que habían debilitado su autoestima. Aunque no era la única.
Muchos años después, escribió: “TARDE O TEMPRANO”.
La integridad guía a los rectos, pero a los pecadores los destruye su propia perversidad. Proverbios 11:3.
“El que mal anda, mal acaba”, indica un dicho popular. Es que el que no lleva una vida recta suele meterse en graves problemas. Este principio se repite sin que haya necesidad de explicarlo demasiado. Asimismo, la desobediencia hacia las instrucciones de Dios también traerá por resultado dificultades para quienes las comentan. Es muy común escuchar que el Señor castiga a quienes no le hacen caso, aunque en muchas circunstancias no hace falta que nuestro Creador obre de tal forma, pues el transgresor, solo y sin ninguna necesidad de castigo, acabará por verse involucrado en serios aprietos. Pareciera que darle la espalda a Dios no tiene ningún costo. Pero esto de ninguna manera es gratis. De uno u otro modo, temprano o tarde, habrá que pagar un alto precio por hacerlo.