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Las incursiones bolicheras de Pablo se extendieron por unos veinte años. Comenzaron en la adolescencia y terminaron en una adultez bien avanzada. Desde luego, hubo épocas en las que sus salidas era más frecuentes que en otras. Al final de este recorrido, sus visitas a las discotecas fueron tornándose cada vez más espaciadas, hasta desaparecer. La compañía de amigos era la preferida de Pablo. Amigos que a lo largo de tantos años, no siempre fueron los mismos. A la chica por la que tanto sufrió al romperse aquel comentado noviazgo, también la conoció en un boliche. Lo hizo cuando su adolescencia ya había quedado atrás. Fue su primera relación seria, estable. Pablo solía ir a una disco de la zona norte bonaerense con un amigo de nombre Mariano, que vivía a pocas cuadras del lugar. Pablo se tomaba el colectivo, Mariano lo esperaba en la parada y tras desandar unos metros más y hacer la fila, ingresaban. Al principio permanecían juntos, mientras tomaban sus respectivas consumiciones. Luego, lo más común era que se separaran y que cada uno prosiguiera su propio rumbo. Una madrugada de octubre, deambulando por una de los sectores del boliche, se cruzó con ella. La música retumbaba y el humo de los cigarrillos se impregnaba en la ropa, en el pelo, en la piel… En fin, nada fuera de lo acostumbrado. La bebida ya había hecho efecto. Por eso, cuando tuvo frente a frente a la chica, Pablo no dudó y le habló. Le dijo algo así como que el boliche no le gustaba, y que por lo tanto, se quedaría con ella “toda la noche”. La chica reaccionó bien. Quizás le pareció divertido u original aquel extraño personaje que en vez de sacarla a bailar, prefería quedarse conversando. La charla fluyó de manera espontánea, aunque con la temática rutinaria para estos casos: nombres, edades, ocupaciones… Primero, se quedaron parados. Enseguida, encontraron un lugarcito en unos sillones y se sentaron, mientras el estruendo proveniente de los altoparlantes y el griterío exigían que tuvieran que forzar bastante la voz. Pablo estaba contento por no tener que salir a bailar. Y a medida que el tiempo corría y los temas de conversación comenzaban a escasear –también el efecto del alcohol- entendió que era momento apropiado para besar a la chica. O al menos, intentarlo.

Muchos años después, escribió: “Una bendición”

En numerosos lugares la cantidad de casamientos y nacimientos está bajando. Es que mucha gente prefiere eludir estos compromisos y llevar una vida más libre de responsabilidades, para poner el foco en divertirse, viajar o trabajar, según dicen. Sin embargo, reiteradas veces, después de haberlo hecho y sin haber valorado la formación de una familia, afirman sentirse angustiados y con un vacío difícil de completar. Entonces, tal vez quisieran tener pareja e hijos, pero a cierta edad ya es mucho más complicado. Casarse y tener hijos no es sencillo pero en la familia reside la felicidad que muchos anhelan, y no ven lo cercana que está. Quizás no sea una felicidad que llegue inmediatamente. Habrá luchas y desafíos. Pero la familia –ya sea siendo niños o adultos- es una bendición que no nos conviene dejar de lado. Dios, ante todo, también le da un inmenso valor a esto, y se ocupará de ayudar a quienes pongan su energía en formarla.

Quien halla esposa encuentra el bien y recibe el favor del Señor. Proverbios 18:22.

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