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Habría unas quince personas sentadas en ronda. De haber representado esa ronda un reloj de agujas y si la coordinadora hubiera ocupado el lugar de las 12, Pablo estaba sentado cerca de las 11:40. La edad de la gente, oscilaba entre los 25 y los 45 años. Próximo al número más bajo del rango etario, Pablo observó atentamente cada movimiento. Según supo, este era el comienzo de un nuevo ciclo del “taller de la timidez”, lo que significaba, que era la primera vez tanto para él como para sus compañeros. Esto lo reconfortó, porque al no ser el único nuevo, tampoco sería el centro de todas las miradas. Había una excepción: un muchacho de alrededor de 40 años, de nombre Mauricio, que se sentó junto a la coordinadora: no era su debut sino que, habiendo participado en etapas anteriores del taller, había ascendido al cargo de ayudante.

Como era de esperar, luego de darles la bienvenida a los miembros del renovado ciclo, desde la conducción solicitaron que cada uno fuera presentándose, diciendo su nombre y los motivos por los cuales se anotó en el taller. Como las presentaciones iban produciéndose en orden, respetando las imaginarias agujas del reloj, Pablo supo que tendría bastante tiempo antes de hablar, lo cual le permitió tranquilizarse un poco. Su estado era de un lógico nerviosismo, pero las palabras de quienes lo precedían en la presentación, lo ayudaron a vislumbrar que su caso, quizás, no era tan “grave” como creía. En un contexto en el cual había tanta gente que atravesaba por problemáticas similares, a medida que avanzaba la rueda de opiniones, tomaba conciencia de que en ese ámbito era uno más, y no un raro espécimen, incapaz de relacionarse con el mundo, como a veces se sentía en otros momentos.  De todos modos, el corazón le galopaba fuertemente. En segundos nada más, llegaría su turno.

Muchos años después, escribió:

SI LLEGA LA TORMENTA

Es bastante común afirmar: “creo en Dios”,  pero alejarse de él cuando se presentan dificultades o si esas dificultades no se solucionan cuando se lo pedimos. Los problemas –incluso los más graves- son parte de la vida y nadie (desde luego, tampoco los creyentes) están exentos de tenerlos.  Muchas veces, es imposible entender qué los motiva, pero lo que sí sabemos, es que Dios los permite por razones que él sí conoce, que utiliza los problemas para hacernos mejorar y que con ellos prueba nuestra fe. No nos apartemos de nuestro padre celestial cuando haya dificultades.  Más bien, aferrémonos a él, y nos acompañará a atravesar la tormenta, contenidos por su amor incomparable.   

Bueno es el Señor; es refugio en el día de la angustia, y protector de los que en él confían. Nahum 1:7.

UNA PESADA MOCHILA

¿Nunca te levantaste con desgano, angustia o fastidio pensando en los problemas que tendrás que afrontar en el día? Ese conjunto de sensaciones conforma una pesada mochila que podría hacer agotadora nuestra jornada. ¿Qué tal si para alivianar tanta carga, recurrimos a aquel que, en sentido figurado, se ofrece a llevar la mochila por nosotros? Dios, en su bondad, quiere darnos descanso. Su hijo Yeshúa (Jesús), no sólo se sacrificó para que tengamos vida eterna al partir de este mundo. Él también sabe ayudarnos en cada paso que demos mientras estemos aquí en la tierra. Démosle a él la mochila. ¿Cómo? Al levantarnos –y cada vez que lo consideremos necesario en el día- contémosle en oración nuestros problemas al Señor. Además de escuchar y de trasladar el peso que nos agobia, él también se complace en ayudarnos con las soluciones.

Vengan a mí todos ustedes que están cansados y agobiados, y yo les daré descanso. Mateo 11:28.

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