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Historias de gente que viene y que va…

Jorge y Susana se conocieron en 1982. A las pocas semanas empezaron a noviar. En 1986 se casaron. Ella vivía en Coghlan. Él, en Villa Devoto. El flamante matrimonio se mudó a una casita alquilada, una especie de altillo ubicado en un primer piso, en el partido bonaerense de San Martín. La precariedad de la vivienda poco les importó al principio, cuando lo más importante, era estrenar su primer nido de amor. Pero luego de que un temporal inundara buena parte del pequeño hogar, lograron mudarse a un PH de la calle Milton, en Villa Luro.

Jorge trabajaba en un local de telefonía, en el centro porteño. De soltera, Susana era empleada administrativa en una fábrica de indumentaria, pero renunció para abocarse de lleno al rol de ama de casa. Tiempo después, llegaron los hijos, Débora primero, Matías, un par de años después.

Cuando los nenes eran muy chiquitos, tomaron la determinación de irse al interior del país. No resultó fácil la decisión, pero asfixiados por la locura de una inmensa ciudad, anhelaban un futuro familiar, lejos del estruendo porteño. A Jorge lo sedujo una posibilidad que vio en los clasificados del diario. En General Roca, Río Negro, se vendía una vivienda con terreno y local comercial. A Susana le entusiasmó la idea. Había que empezar de cero, pero a pesar de lo complicado que se presentaba el desafío, tenían claro que permanecer en Buenos Aires ya no era una opción válida para ellos.

Meses más tarde, en agosto de 1993, echaban raíces en suelo roquense. A la odisea patagónica se sumaron más miembros de la familia: los padres y la abuela materna de Susana. Los primeros tiempos fueron difíciles aunque de a poco, comenzaron a consolidarse en su nueva morada. En el local vacío, Jorge instaló un kiosco con librería. Para los padres y la abuela de Susana, levantaron una casa al lado, aprovechando el amplio terreno. Todo lo hicieron trabajando duramente y a pulmón.

Los chicos crecieron. Empezaron el jardín. Luego, la primaria y la secundaria. La vida en la Patagonia atravesó por obstáculos, pero el matrimonio jamás analizó la posibilidad de volver a pisar territorio porteño. Apenas, si lo hicieron esporádicamente, en alguna circunstancia puntual, y por estrictas razones de fuerza mayor.

El transcurso del tiempo fue cambiando el panorama. A treinta años de su arribo a Roca, el cuadro de situación era diferente. Los miembros del hogar se redujeron, de siete a tres. Gertrudis, la abuela de Susana, no había logrado adaptarse y regresó a Buenos Aires, donde falleció en 2007. Moisés, su papá, lo hizo en 2009. En 2016 se casó Matías y se radicó con su esposa en Lobería, provincia de Buenos Aires. Terminada la pandemia, Débora se fue a vivir sola. A esta realidad había que añadirle un ingrediente de vital importancia: el notable incremento de la población en General Roca, generó una problemática que los protagonistas de esta historia no pudieron asimilar. La ciudad patagónica se parecía cada vez más a aquella jungla de la que prácticamente habían huido tres décadas atrás. No era raro, entonces, que comenzaran a sentir un malestar parecido al que los había llevado a salir de Buenos Aires en los Noventa.  

En base a la necesidad de hallar un espacio cotidiano menos convulsionado, Jorge, Susana e Inés, habían descubierto Las Grutas, la localidad turística rionegrina en la cual pasaron gran cantidad de fines de semana durante muchos años. El impulso por cambiar nuevamente de aire, despertó en ellos la firme intención de mudarse al bello pueblo de costas bañadas por el Golfo San Matías. Dicho y hecho. Las dificultades de poner en marcha un traslado tan complejo -al igual como sucedió con la mudanza desde CABA a Roca- no pudieron aplacar el deseo de desembarcar en el destino elegido, y en septiembre de 2024, en una casa ubicada a cinco cuadras de la playa, los tres viajeros, habiendo hecho tremendos esfuerzos, finalmente inauguraron su nuevo hogar.

Sólo un mes después de haberse mudado a Las Grutas, falleció Inés. Su partida fue inesperada y la tristeza de sus seres queridos, muy grande, pero ella pudo ver cristalizado su anhelo de vivir cerca del mar, aunque más no fuera por una breve etapa. Jorge y Susana hicieron el duelo y siguieron adelante. Hoy -enero de 2026-, saben que todavía tienen mucho trabajo por delante para terminar de afirmarse en su nuevo destino, pero también conviven con la incomparable satisfacción de haber hecho lo humanamente posible para poder cumplir sus sueños, sin tener que reprocharse nada.

Foto: un atardecer en Las Grutas.

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