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A Mariano, mientras recordaba, le vino a la cabeza una palabra. Enseguida la aceptó como válida. Esa palabra era “sobreprotección”, y consideró que fue esta una de las importantes causas que habían contribuido a que se fuera debilitando progresivamente la estima que se tenía a sí mismo.

Mariano era hijo único. Su padre, Alberto, enviudó cuando él apenas tenía un año y unos meses. Su madre, Rosalía, contrajo cáncer y falleció después de la dura lucha frente a la enfermedad que entabló junto a su familia. El pequeño Mariano fue criado por su papá y por Francisca, la hermana de Alberto. Su tía Francisca había sido muy amiga de su madre. Antes de fallecer, ella le pidió que se encargara de cuidar a su hijito, junto a Alberto. Rosalía así lo hizo. Ella estaba casada con Faustino, con quien tenía una hija, Fernanda. Entre todos, armaron un nuevo grupo familiar donde a Marianito, si algo no le faltó, fue amor.

Para amoldarse a los nuevos tiempos, ellos trataban de ajustarse a esta rutina: Marianito dormía en el hogar paterno, y cuando Alberto se iba a trabajar por las mañanas, lo llevaba al domicilio de Francisca, Faustino y Fernanda. Bajo este techo, al puntilloso cuidado de su tía Francisca, quien era ama de casa, permanecía hasta la noche.

La hora de la cena –habiendo concluido la jornada laboral y escolar- encontraba a todos allí, reunidos en la mesa. Luego de la comida, Alberto y Marianito emprendían el regreso a su hogar, donde dormían. Al día siguiente, la rutina volvía a comenzar.

No, definitivamente no le faltó amor a Mariano. Todo lo contrario: el grupo familiar se esforzó denodadamente para que no se notara la ausencia de su madre. Y vaya que lo lograron. Sin embargo, esa loable actitud de sus seres queridos, también acarreó la presencia de componentes que con el correr de los años, produjeron un impacto que seguramente nadie había calculado. En forma disimulada, la sobreprotección ganó entonces un terreno tan amplio como impensado. De todos modos, lo más importante, un amor con mayúsculas, jamás se apartó de al lado de Marianito.

(*) Las historias son verdaderas. Los nombres, para preservación de los mismos, no siempre corresponden a sus protagonistas.

Muchos años después, Pablo escribió: “QUIERO SER LIBRE”.

«Como libres, pero no como los que tienen la libertad como pretexto para hacer lo malo, sino como siervos de Dios.» 1 Pedro 2:16.

“Quiero ser libre, no me digan lo que tengo que hacer ni que decir”. Son muchos los que piensan así. Exigen su libertad y es válido. Sin embargo hay una “libertad” que puede terminar destruyendo a quien la practica. ¿Qué sería del niño al que sus padres le dejan faltar a la escuela, comer lo que quiera e irse a dormir a cualquier hora? Para estar sanos necesitamos tener un reglamento, entender que “esto se puede y esto otro no”. Dios también dio reglas para que nuestro paso por esta vida sea feliz. Si no logramos serlo, habría que analizar hasta qué punto hemos respetado o no sus normas, o si directamente no nos hemos enterado de su existencia. La palabra libertad puede resultar atractiva y no tener en cuenta las leyes que dictó nuestro Creador tal vez sea común en esta época. Pero habría que ver si haciéndolo no nos estaríamos poniendo en lugar del niño del relato, que se negó a cumplir con las reglas de su casa, y seguramente terminó pasándola muy mal.

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