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Dos muchachos de unos 30 años se detienen frente a un par de árboles de mediano tamaño. Tras contemplarlos un rato, uno de ellos arranca algunos de sus frutos y los guarda. Según comentan entre sí, son pimientas. Al parecer, será utilizada para cocinar. «Esta pimienta va a quedar buenísima», se entusiasma uno. Su compañero acota: «Encima por acá cerca las venden». En buenosaires.gob.ar, se informa que «el Aguaribay, Falso pimentero, Pirul, Gualeguay, Anacahuita, Árbol de los Incas, son los distintos nombres que recibe el Schinus molle. Nativo de América del Sur, crece de forma silvestre en el centro y norte de Argentina.» Y que «su fruto «se consume como alternativa a la pimienta en las provincias del centro del país». Los muchachos se van, contentos con lo obtenido del árbol.

Junto con el auge de la construcción en un vasto territorio porteño, hay innovaciones que se propagan por los barrios. Un ejemplo: en lugar del tradicional vigilador que rondaba por la planta baja de los edificios, actualmente suele haber una pantalla que devuelve la imagen de un hombre o mujer vestidos con ropa de «seguridad» que parecen controlar a distancia todo lo que sucede en la puerta. Inevitable es, ante esta situación, pasar por allí y preguntarse: ¿Dónde estarán estos nuevos vigiladores? ¿En un sector del mismo edificio? ¿En una dependencia de la empresa de seguridad? ¿En la sede central? ¿Son de carne y hueso? ¿Son meros personajes virtuales? ¿Cómo actúan de haber un hecho de inseguridad? Y así podríamos seguir…

Vías del Ferrocarril Mitre. Paso a nivel peatonal. Un tren está por pasar. Hay gente que se apura para cruzar antes de su llegada. De pronto, se escucha un fuerte grito a modo de advertencia: “¡Esperá Noa! ¡No cruzás solo!”. Es una mujer que le habla a su perro, que, sin correa, se había aproximado a la pasarela pintada de roja y blanca con la intención de pasar hacia el lado opuesto de las vías. El can se detiene automáticamente al oír la voz femenina pronunciada con energía. En cuestión de milésimas de segundo, la mujer se da cuenta de que a la formación aún le falta bastante para arribar al lugar, y completa la frase: “Dale, ahora sí”. Enseguida, con tranquilidad, ambos ingresan a la pasarela y atraviesan las vías. Noa, obediente ante la voz de mando, aunque como hace unos segundos, sin la correa.

Consultorio médico porteño, en la planta baja de un edificio. Facultativos de distintas especialidades y una secretaria atiende que el teléfono, el timbre, y va y viene hasta la puerta de entada. Miércoles de marzo. Impecablemente vestidos, sonrientes, amables… Los visitadores médicos suelen ser muy bien recibidos por los doctores y sus recepcionistas. Sin embargo, pese a su excelente presencia y agradable trato, lo que con frecuencia generan entre los pacientes que aguardan ser atendidos, es la sensación contraria. Claro, se entiende que un trabajador de este rubro, portando sus bolsas y/maletines con medicamentos, llega sin previo aviso y es atendido de inmediato, con lo cual, se alarga de manera inesperada la espera –y el fastidio- de la gente distribuida en la sala. No siempre toca, pero cuando toca, no cabe más alternativa que los pacientes, se armen de más paciencia.

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