VIDA COTIDIANA: HISTORIAS QUE DUELEN

Un vecino de la Capital Federal, debido a su trabajo, recorre los barrios porteños. En el trayecto que efectúa cotidianamente, suele dialogar con gente en situación económica muy crítica o, directamente, que está viviendo en la calle. En un texto que redactó para este medio, resumió lo recogido en sus breves interacciones con algunas de esas personas. Su descripción, coloca al desnudo una problemática que duele, pero que lamentablemente, es muy real:

Conocí a Fernanda (*), un chica de veintipico de años, estando ella estaba embarazada. Solía sentarse en la entrada de un banco y, muy respetuosamente, pedir dinero a quienes entraban y salían de los cajeros. Pasaron las semanas… Un día la vi en el sitio habitual –una esquina bastante transitada-, con un cochecito y una pequeña bebita, tal vez de días, en brazos: su hija. No estaba en situación de calle, pero entendí que su pobreza era extrema. Me dijo que vivía en la Zona Oeste de la Provincia de Buenos Aires, que se tomaba el tren y venía a la Capital para conseguir algo de dinero a partir de la colaboración de la gente.

A Mario (*) lo vi una sola vez. Tendría unos treinta años. Estaba tranquilamente sentado en la vereda de una calle, apoyado contra la fachada de una casa. A su lado, había algún bolso y no mucho más. No pedía plata pero según me comentó, necesitaba ropa. Dijo que junto a su mujer y sus dos hijos pequeños, alquilaba una pieza en Retiro, a un valor de 26 mil pesos por mes. Había veces en que conseguía el dinero, pero también, ocasiones en que no llegaba y debía dormir a la intemperie. Además mencionó que, por ser extranjero, no tenía documentos. Creí entender que la ropa que pedía era para uso propio, pero aparte para vender en una feria, y con lo que lograba reunir en esas ventas, pagaba su techo y mantenía a su familia.

A Joaquín (*) lo encontré varias veces. ¿Su edad? Alrededor de cincuenta años. En situación de calle, dormía al resguardo de una ochava. Tenía su colchón y unas cuantas bolsas con sus pertenencias. De barba tupida y buena predisposición para la charla, me confió que podría tener un techo si se decidiera a volver con su familia, pero que no deseaba hacerlo y que llevaba un largo tiempo distanciado de su madre.  Joaquín pedía ropa y no rehusaba que alguien lo ayudara con algún billete. Un día volví a pasar por aquella ochava y ya no estaba. Transcurrieron días, semanas… Creí que no lo vería más, pero una tarde lo encontré con sus cosas, establecido en otra esquina, en el mismo barrio pero a unas ocho cuadras de distancia. Me reconoció pese a que no estaba muy lúcido, seguramente, porque el alcohol que estaba consumiendo había hecho efecto. Conversamos un rato. Una vez que seguí mi camino, lo vi hablar con una vecina, en tono alto, pero sin descontrolarse, con energía, aunque sin ponerse agresivo.

(*) Si bien los nombres son ficticios, lo que contó cada uno de los protagonistas, es lo que se ha reflejado en el artículo.

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