VIDA COTIDIANA: CUANDO ES MEJOR EVITAR EL PARADOR NOCTURNO

Raúl está sentado en la puerta de una casa de comidas de la Ciudad de Buenos Aires. La ubicación exacta es lo de menos. El barrio tampoco es relevante, ya que la escena no es exclusiva de esta esquina sino que podría darse en vastos sectores del territorio porteño e incluso del país en general. Sin embargo, lo que mucho tiene que ver con la Capital Federal –ya se verá el motivo-, es la experiencia de Raúl con respecto a la situación de calle por la que atraviesa.

En la puerta del local, el hombre está a la expectativa de que algún cliente le acerque algo para comer. Serenamente sentado en el zócalo que precede al interior del negocio, Raúl no molesta a la gente. Sólo se limita a esperar. Tiene unos cuarenta años y su piel está muy bronceada, seguramente, por pasar a la intemperie gran parte del día. En un bolso o mochila, guarda sus pocas pertenencias, entre las cuales se deja ver una radio con auriculares. A pesar de su condición de “sin techo”, se lo ve de buen humor. Un vecino le deja algo de dinero y aprovecha para entablar una breve conversación con él. Raúl le cuenta que, efectivamente, vive en la calle. Sale un tema recurrente, en relación a quienes están como él: ¿Dónde pasa la noche? El hombre indica que se toma un subte hacia la zona de Villa Urquiza, y cuando va llegando la hora de dormir, se acomoda en la puerta de un colegio. Dice que allí está tranquilo y que nadie lo interrumpe.

Su interlocutor lo consulta si no es preferible pernoctar en algunos de los centros que para tales fines posee la Ciudad de Buenos Aires. Su negativa es rotunda. Afirma que aunque los conoce y sabe que existe la posibilidad de hacerlo, elige dormir en la calle. Entonces, relata resumidamente una mala experiencia que tuvo en ese sentido: en una oportunidad, cuando estaba acostado y lo había vencido el sueño, una de las mismas personas que dormía allí le robó algunas cosas y se fue… La falta de controles y el peligro de que un hecho de este tipo le vuelva a ocurrir, lo llevaron a tomar la decisión de que no acudir más a los refugios. Raúl agrega que se baña en una iglesia, y aunque en los paradores tiene cama y techo gratis, su determinación de pasar la noche en la calle, está tomada.

El vecino se despide, mientras Raúl se queda apostado en el lugar. La suya es una historia como tantas, pero a la vez, diferentes a todas.

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