LA TERMINAL DE ÓMNIBUS

Son cerca de las ocho de la noche y la Terminal de Retiro luce muy concurrida. Esto posee una explicación concreta: es sábado y, sobre todo, estamos en vacaciones de invierno. Por lo menos, en lo que a la Ciudad de Buenos Aires (también a la Provincia) se refiere. El corredor interno y la parte exterior, donde estacionan los micros, están parejos en cuanto a cantidad de público. Pero es adentro donde la gente desarrolla más actividades, como consecuencia de lo que comercialmente ofrece la terminal. Hacen largas filas para kiosco, para cafetería… En el rubro puesto de diarios también se ven personas, aunque lógicamente, el interés que despiertan las paradas es menor a las épocas en las cuales Internet no tenía el furor actual.

Por lo altoparlantes, una voz masculina anuncia arribos y partidas. De tanto en tanto, también hace lo mismo una voz de mujer. El estribillo de una antigua canción (“gente que viene y que va… sábado”) podría ajustarse a lo que ocurre a estas horas en este emblemático lugar de la Capital Federal. Llama la atención un grupito de chicos y chicas de unos 10 años. Están sentados en el piso, mientras los adultos –sus padres, muy probablemente- están parados a su alrededor, como custodiándolos. Se trata de un contingente que espera el ómnibus para hacia algún destino a jugar al hockey sobre patines. Esto puede deducirse por la ropa -alusiva a una institución barrial-, y elementos deportivos que llevan.

 

Muy cerca, contra una pared, hay sillones masajeadores. Desde luego, se los hace funcionar con dinero. Una señora ha recurrido a sus servicios, aunque otra gente, los usa sólo para sentarse en el modo convencional. Se escuchan gritos cargados de tensión: “Déjenme, no estoy haciendo nada”. Muchos intentan ver de dónde proceden, pero no se ve nada. Presumiblemente, llegan del piso superior, de parte de alguien al que el personal de seguridad quiere retirar de allí. Segundos más tarde no se escucha más nada al respecto y cada uno vuelve a concentrarse en sus asuntos.

La temperatura en Buenos Aires, sorprendentemente para esta época del año, asciende hasta más de 25 grados. Dentro del recinto se siente el calorcito pero si se abre la puerta que comunica con las dársenas, penetra una brisa fresca que preanuncia el frío que llegará muy pronto. Llora un un bebé a upa. Una empleada del área de limpieza pasa realizando sus tareas. Un hombre se corre para no entorpecer su actividad. La mujer agradece.

Carteles advierten: “Remises oficiales solo en cabinas habilitadas”.  No es el único cartel. El que sobresale por su tamaño, es uno de fondo celeste, alusivo a los cuidados por el Covid. Entre otras recomendaciones, sugiere usar barbijos y guardar el distanciamiento. Desde luego, además se encuentran perfectamente a la vista los aparatos electrónicos que anuncian los arribos y las partidas de los vehículos desde y hacia diversas partes de la Argentina, sobre todo.

“Esperá que se pone el buzo”, le dice una señora a la que, según se deduce, es su madre. La que se está poniendo el buzo es una nena de aproximadamente 11 años. Las tres (abuela, madre y nieta, probablemente) se dirigen al sector externo, acaso, en busca de su ómnibus. En forma casi simultánea, un muchacho traspone la puerta hacia las plataformas. En este caso, ataviado de short, remera y ojotas, lo que contrasta con el abrigo más abundante de otros pasajeros. Una muestra más de que las condiciones climáticas de esta jornada, son realmente atípicas para el invierno porteño.

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