Un día en el Tranway Histórico de Buenos Aires

El padre de familia se levantó ese domingo por la mañana, con la secreta ilusión de poder dormir una buena siesta por la la tarde. La llovizna y el frío de una primavera que no se decidía a consolidarse, propiciaban pensamientos como éste: que aún sin haber desayunado, la cabecilla del grupo familiar se relamiera con un nuevo descanso dominguero.
Sin embargo, su esposa ya se lo había anticipado varios días atrás: “Tengo ganas de que vayamos a conocer el tranvía”.  La semana pasó rápidamente y… ¿cómo hacerse el distraído con aquel comentario? ¿Cómo hacer oídos sordos a esta delicada “sugerencia”?
El mencionado tranvía es un atractivo porteño con base en Caballito. Sobreviviente de los viejos medios de transporte que circularon hasta hace medio siglo, funciona los fines de semana y feriados, dando una breve vuelta por Rivadavia y calles aledañas.
El padre de familia lo sabía. Y si las ganas de complacer  el pedido no lo abandonaron, fue justamente, porque en su infancia había hecho el mismo paseo. Su recuerdo, encendió la llama de la nostalgia -cosa fácil en nuestro personaje- y el deseo de que sus dos pequeñas hijas vivieran también esa experiencia, finalmente venció a cualquier intención de meterse debajo de la frazada  a escuchar los partidos de fútbol en su minúscula radio.

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A LA AVENTURA
A las 16.05 de un domingo gris, el grupo familiar descendía del colectivo en José María Moreno y Pedro Goyena, dispuesto a desandar una decena de cuadras hasta Emilio Mitre y José Bonifacio, la esquina de la cual saldría el histórico vehículo.
No había prácticamente nadie en el supuesto punto de partida, de modo que el padre de familia cruzó en diagonal hasta un enorme galpón. Las vías sobre el asfalto, se metían allí dentro, por lo que era indudable, que el tranvía se guardaba en ese sitio una vez que culminaba su tarea. “Sale de ahí enfrente, debe estar dando la vuelta”, le respondió cordialmente un trabajador del sector.
Los cuatro se ubicaron entonces junto a un cartel que anunciaba el sitio de salida, donde ya aguardaban una pareja y un chico. La “vuelta” a la que hizo referencia el empleado, significaba que el tranvía parte cada 20 minutos, regresando al mismo lugar y renovando pasajeros.
Diez minutos más tarde, la impaciencia comenzaba a apoderarse del clan. Ya no eran los únicos en la fila. Más padres, algunos abuelos y un piberío numeroso, rápidamente se instaló en una porción de la vereda. Enseguida, apareció un inconfundible tranvía de color beige, doblando por José Bonifacio y estacionando a unos centímetros del cordón. Ante los gestos de incredulidad de los más menudos, el aplauso del contingente que culminaba su paseo y debía descender, y la alegría de todos, la aventura estaba a punto de iniciarse.
Los pasajeros no entraron en su totalidad. La cola excedía los lugares disponibles, pues todos tenían que viajar sentados. En consecuencia, a unas diez personas  no les quedó alternativa que esperar el próxima turno.
El padre y su hija mayor se acomodaron en un doble asiento de la derecha; su esposa y la hija menor, en el asiento de atrás. El vagón estaba limpio e iluminado; su antigüedad era evidente y el esfuerzo que sus propietarios hacían para no ocultarlo también era notorio: arriba de las ventanillas, viejas publicidades como Toddy y Aceite Cocinero, acentuaban el toque melanco.

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ROBERTO INFORMA
El vehículo tenía tres tripulantes, todos con vestimenta acorde: el conductor, un joven ayudante y un guía llamado Roberto, que previamente a la partida, explicó aspectos del singular entretenimiento y su historia tan ligada a Buenos Aires. Aquí los resumimos:
-El paseo de caracter gratuito lo organiza la Asociación Amigos del Tranvía Biblioteca Popular Federico Lacroze. Comenzó a operar en 1980, 17 años después de que este medio de transporte dejara de circular en Buenos Aires.
-Aparentes desventajas en relación al colectivo, que crecía velozmente, hicieron que se los sacara de circulación.
-Los tranvías duraron exactamente 100 años. Al principio, eran tirados por caballos. En el siglo XX, se transformaron en eléctricos.
-Roberto, sus dos compañeros y el resto de los que operan los vehículos cada fin de semana, no tienen sueldo. Son voluntarios. La suma que perciben proviene de la venta de merchandising que ellos mismos efectúan.
-Este dinero también sirve para otros gastos de mantenimiento. De ser necesaria una erogación más importante, se solicita un subsidio estatal.
-Los tranvías de la Asociación son cuatro, pero en escasas ocasiones salen todos juntos. Funcionan los fines de semana y feriados y “duermen” en los talleres del Subte de la Línea A.
-El vehículo en el que viajábamos era el Anglo. Fabricado en Oporto, Portugal, fue restaurado y modificado hasta lograr una réplica de un modelo de la Compañía Anglo Argentina, una de las empresas que operó los viejos tranvías porteños. El Anglo “debutó” en 1983, siendo uno de los que más viajes hizo. Los cuatro son diferentes entre sí, con excepción de éste y su “mellizo” (de color verde), que fue el primero en salir al ruedo en 1980.

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VOLVER…
La formación partió envuelta en el rumoroso entusiasmo del público. No eran pocos los peatones que al verlo transitar las calles, emitían gestos de sorpresa. Y si eran niños de la mano de los papás quienes lo divisaban, el saludo desde la vereda era casi obligado.
Iba prácticamente a paso de hombre y crujía más que aquellos vagones de su “primo” del Subte A. Pero para el padre de familia, cuanto más lo hacía, mayor era el disfrute.
Tomaron Emilio Mitre hasta Rivadavia. Luego, giraron a la izquierda y se detuvieron por unos diez minutos en el medio de la Avenida, para que Roberto pudiera presentar sus souvenirs. Había un par de troquelados, un fascículo en colores, una revista en blanco y negro (todo a 40 pesos), un CD con fotos y texto que fueron parte de un libro (50 pesos) y una taza (90 pesos).
El padre de familia estaba dispuesto a desembolsar lo que hiciera falta para que las nenas se quedaran contentas, pero esta vez fue la madre la que puso límite a las pretensiones de la hija menor, que obviamente señaló el regalo más caro: “En casa tienen un montón y después queda tirada por ahí. La taza, no”. La falta de acuerdo con la hermana mayor provocó que las dos se quedaran sin souvenir, en el contexto de un incómodo momento que el padre pasó frente al vendedor.
La tensión aún no había sido superada cuando el tranvía retomó la marcha, giró a la izquierda por Hortiguera y a continuación, lo hizo en José Bonifacio. Tres cuadras después llegó a Emilio Mitre, estacionando (ahora, llamativamente, sin aplausos) ante la multitud que se había reunido a la espera del próximo turno. En total, habían sido unas 15 cuadras y 20 minutos lo que tardaron en arribar a destino.
En la vereda, el grupo se sacó fotos y emprendió el retorno. El malhumor por la no-compra de merchandising, afortunadamente había desaparecido. Una propuesta de la esposa (merendar en el shopping de Rivadavia y Acoyte) encontró aceptación instantánea en las hijas. Desde luego, el padre asintió, se resignó a caminar las 15 cuadras que los separaban de ese ícono comercial y a convertirse en uno más en el enjambre de domingueros que pululaban compulsivamente entre los locales, cines y patios de comidas.
Pero antes de que eso ocurriera, volvieron a ver, a lo lejos, la silueta del tranvía beige que bajaba por Emilio Mitre.
Una sonrisa se dibujó en el rostro del padre, que en la intimidad de su corazón agradeció cada minuto de aquel domingo imborrable.

HORARIOS

De Marzo a Noviembre:
Sábados y feriados de 16 a 19.30 hs.
Domingos de 10 a 13 y 16 a 19.30 hs.

De Diciembre a Febrero:
Sábados y feriados de 17 a 20.30 hs.
Domingos de 10 a 13 y 17 a 20.30 hs.

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