Un día en el Parque de los Niños

El padre de familia se despertó un domingo por la mañana y le preparó el desayuno a su esposa. Ella, aún en la cama, lo esperaba con la noticia: “Hoy vamos al Parque de los Niños”. Al padre de familia no le quedó otra opción. Ya había zafado en oportunidades anteriores. Esta vez, ni el tiempo -pues el sol brillaba en un perfecto domingo otoñal- ni otra excusa le servirían. De modo que, pasado el mediodía, junto a sus dos pequeñas hijas emprendieron el viaje hacia el límite de la Capital con Vicente López. Existía una pequeña dificultad: carecían de movilidad propia. En consecuencia, la llegada al Parque se complicaría. En efecto, tras descender de un colectivo cuya parada se hallaba distante a 15 cuadras del destino, sólo se imponía la ruta a pie para llegar al Parque. Y con los pesados patines de las nenas a cuestas… Tampoco esa complicación le había servido de pretexto aquella tarde.
Una hora después de haber salido, llegaron al enorme predio de 32 hectáreas. Además de los patines, cargaban con la lona, el equipo de mate y demás comestibles/bebidas y elementos para la merienda.

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Ni bien se instalaron en una pequeña parcela de césped disponible -el gentío, como se preveía, era importante-, su esposa procedió a echarse plácidamente sobre la lona. Y luego de apurar unas galletitas, el padre de familia partió con sus hijas, que ansiosas aguardaban para lanzarse a recorrer la costanera en patines. Pequeño detalle: como aún no estaban duchas en el patinaje -sobre todo la menor-, el papá tuvo que sostenerlas mientras atravesaban un camino repleto de paseantes e intentaban esquivar a centenares de pescadores que con cañas y equipos se amontonaban en aquel pintoresco sitio con vista al Río de la Plata.

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Una hora más tarde, y luego de recorrer una buena porción de un Parque donde ya no se veían las sombrillas amarillas del verano, regresaron adónde su mujer, continuaba haciendo la siesta, con los auriculares del celular colocados.
Minutos después, ella y las hijas fueron a los juegos. El padre aprovechó para ir a correr por el Parque. Y se sintió todo un bicho raro por hacer ejercicio en un lugar donde -pensó- a nadie se le ocurriría hacerlo… A la media hora regresó. Empezaba a oscurecer. Su esposa e hijas precisaban ir al baño. No tuvieron más remedio que  acomodarse en una larguísima cola. El padre las observaba desde lejos y se preguntaba cómo podía ser que las señoras tardaran tanto para cumplir con el mismo trámite que los hombres resolvían en segundos. Efectivamente, minutos atrás, cuando él había ido al de varones, no había encontraddo siquiera una persona allí.

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Casi media hora después, los cuatro se reencontraron y planificaron el retorno. Se produjo otro inconveniente inesperado: el puente peatonal que unía Capital con Provincia había cerrado a las 18 hs. Sería necesario hacer un recorrido más extenso “por la calle de los autos” para arribar a la parada del colectivo.
La familia emprendió la caminata mientras los vehiculos pasaban junto a ellos, alejándose rápidamente de la descampada zona. Eran los únicos peatones en el contexto de una noche oscura. De pronto, debieron cruzar por debajo de un inmenso puente confromado por las intersecciones de la General Paz y las avenidas Cantilo y Lugones. No había nadie allí pero algunos colchones y otros elementos, permitían deducir que no transcurriría mucho tiempo hasta que alguien viniera a pasar la noche. Metros más adelante, un enorme perro les ladró descontroladamente detrás de una reja. El padre de familia sintió temor, aunque procuró que no se notara.
Enseguida, el camino se bifurco y no supo si tomar hacia la izquierda o la derecha. En una casilla ubicada en un terreno privado, observaba un empleado de vigilancia. Le preguntò por donde dirigirse y pese a que la respuesta no le inspiró confianza, aceptó la indicación y se dirigió a la izquierda. Se sintió aliviado: era lo correcto. Entonces, encararon el que sería el último tramo hasta la avenida del Libertador: un peligroso sendero sin vereda -en realidad, una angosta banquina-, junto al cual los coches circulaban raudamente.

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El acceso al puente que cruza el arroyo Raggio, límite entre Capital y Provincia.

El cansancio estaba haciendo mella en el grupo. Pero el hecho de haber salido sin contratiempos de aquel periplo reconfortó al jefe de la familia por sobre todas las cosas. La caminata siguió, ahora por el corazón del barrio de Núñez. Las casas residenciales proponían un profundo contraste con el sombrío panorama de unos momentos atrás. Diez cuadras después alcanzaron la parada del colectivo y a las 9 de la noche, estaban en la tranquilidad del hogar. Cuando cerca de la una de la mañana, apoyó la cabeza en la almohada, feliz, le dio las gracias a Dios por haber pasado ese maravilloso día junto a sus seres amados y ser el padre de familia que era.

Rumbo a sus 20 años

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El Parque de los Niños fue inaugurado el 6 de octubre de 1999. Bañado por las aguas del Río de la Plata, se encuentra en el barrio de Núñez. Al noroeste, limita con el partido de Vicente López, del cual lo separa el Raggio, un angosto arroyo con desembocadura en el Río de la Plata, que corre a cielo abierto en este último tramo de su curso, ya que también en 1999, la mayor parte fue entubado.
Desde marzo de 2004, gracias al estreno de un puente peatonal de 30 metros de largo y 1,4 de ancho, es posible llegar de a pie al Parque de los Niños desde Vicente López. Allí, también hay un gigantesco predio recreativo con un anfiteatro denominado Presidente Arturo Illia.
El otro punto de acceso es por el lado de la Capital, desde la Avenida del Libertador y General Paz. De allí a la entrada al predio, hay unos 1600 metros. Con motivo de ausencia de transporte público en la zona, es recomendable llegar en auto, moto o bicicleta.
Dentro de sus instalaciones, se destaca un gran estacionamiento gratuito -también el ingreso al Parque es gratis- dos sectores de juegos para niños y amplios espacios verdes, en parte, con frondosas arboledas. Sobre la margen noroeste, limita con el Río de la Plata. El acceso a las aguas está prohibido. No obstante, en el lado de Provincia es más fácil bajar a la costa y algunos se atreven a bañarse entre juncos y demás plantas acuáticas.
Entre enero y marzo funciona “Buenos Aires Playa”. En dicha época el Gobierno de la Ciudad provee al Parque de sombrillas, reposeras, duchas y arena, organizando además juegos y actividades recreativas en forma gratuita.

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