Un día en El Ateneo Gran Splendid

El padre de familia ya lo tenía decidido: esta vez hay que salir. Era un sábado primaveral, de agradable temperatura y apto entre otras cosas, para pasear por la Ciudad… Nuestro personaje no dejó que la fiaca lo venciera y fue él mismo quien le propuso a su mujer la salida vespertina. Ella, como era de esperar, aceptó de buena gana. Sus hijas en edad escolar también se mostraron predispuestas -no sin esgrimir antes alguna protesta de esas que nunca faltaban- y cerca de las 18 horas, el grupo descendía de un colectivo para caminar las pocas cuadras que lo separaban de la meta: la librería El Ateneo Gran Splendid.

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El objetivo ya estaba fijado con un par de horas de antelación. Había sido consensuado entre los papás y aceptado por las niñas, ya que a los cuatro los atraía la lectura, cosa no tan común en los tiempos que corren. ¿Por qué esa librería en particular? El padre había oído hablar del colosal recinto de la avenida Santa Fe al 1800, que albergaba decenas de miles de volúmenes, discos y hasta juegos de mesa. Alentado por su esposa, que ya había estado allí, quiso conocerlo y que sus hijas también lo hicieran.

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Apenas ingresaron, un impactante panorama se abrió ante sus ojos. Es que El Ateneo mantiene la arquitectura original  del Grand Splendid, un enorme cine-teatro de tres pisos y subsuelo, nacido hace cien años. Allí también comenzó a funcionar, en la década del ‘20, Radio Splendid, que tomó el nombre de su anfitrión y aunque pasó luego por otros domicilios, sigue llamándose de igual manera.
A fines de los Noventa, el lugar ya había dejado de funcionar como cine-teatro. Hizo entonces su aparición un grupo inversor que introdujo el cambio de rubro pero sin modificar el aspecto primigenio. De la mano de esta firma y dos asociados, El Ateneo y Yenny, nació esta librería que unos diez años atrás, fue elegida por The Guardian (un periódico inglés) como la segunda entre las mejores del mundo.
En buena medida gracias a ese rótulo, la cantidad de turistas que la visitan es considerable. El padre de familia lo corroboró ni bien entró. Escuchar idiomas no habituales era de lo más normal dentro de la inmensa librería, como así también las fotos -selfies y tradicionales- que se sacaban los visitantes con la bella escenografía de fondo.

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Seducidas por una colorida inscripción que decía Ateneo Júnior, las nenas y su mujer encararon resueltamente una escalera mecánica que conducía al subsuelo. El jefe del clan siguió sin chistar al grupo femenino. Para su asombro no había allí sólo libros infantiles: a un costado, una importante colección de CD’s de películas nacionales de diversas épocas lo atrapó. Costaban, en su mayoría, entre 120 y 180 pesos. ¿Si compró? Antes de ingresar, el tema había sido objeto de charla entre los cuatro: papá y mamá les aclararon a las hijas que podrían mirar todo lo que quisieran, pero que a esa altura del mes, desembolsar un peso no contemplado en el presupuesto, lamentablemente  no sería posible. Por ende, como para dar el ejemplo, tampoco él apartó material alguno, por más que la tentación era grande.

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Con sus hijas ensimismadadas en la literatura junior, el padre resolvió alejarse por el sinfín de recovecos que proponía la Grand Splendid, previo acuerdo con su esposa, que permaneció en el subsuelo.
Así, atravesó piso por piso, en medio de lujosas alfombras y una espectacular iluminación. En el salón central, le dio una rápida mirada a la interminable lista de géneros: novela, poesía, teatro, música, filosofía, religión, comunicación, turismo, cocina, autoayuda, arte, historia, fotografía… Y la lista continuaba… Allí volvió a asombrarse por lo que creyó que era el producto más costoso que existía en el sitio: un álbum “Manal en vivo Red house” a 4500 pesos.

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En el primer piso, comprobó que había literatura de medicina, psicología, fauna, jardinería, educación, computación, deportes… En esta sección, se quedó más tiempo que en cualquier otra. Sacó un libro de Alejandro Fabbri y se acomodó en el piso alfombrado para leer un par de páginas, luego de verificar que eran varios los que hacían lo mismo. Los más afortunados, habían logrado sentarse en sillones distribuidos en los viejos palcos del teatro. Todo estaba permitido. Menos, quedarse en las escaleras. Si alguien lo hacía, una seña de los encargados de seguridad rápidamente terminaba con la situación. Los empleados de vigilancia y los que evacuaban las consultas de los lectores, sumaban decenas…
El padre se percató de elló y siguió leyendo con avidez. Cuando quiso acordarse, había transcurrido más de media hora. Con cierta pena, devolvió al estante la obra de Fabbri y se dispuso a regresar con su familia. Antes, hizo una visita al segundo piso, donde sólo había CD’s. En este caso, de música clásica, ópera y películas extranjeras. Asomándose por el suntuoso balcón, clavó la mirada en lo alto y vio la cúpula, decorada por una sensacional pintura al óleo hecha por Nazareno Orlandi en 1919. Representaba una alegoría de la paz, reestablecida tras el epílogo de la Primera Guerra Mundial. Al ver hacia abajo, admiró nuevamente el lugar y tomó conciencia de que hacia allí debía dirigirse.

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Dos minutos más tarde, su hija menor lo recibía con cara de “quiero esto sí o sí”. Era un libro para pintar, que formaba parte de una colección cuyos demás miembros ya estaban desde hacía tiempo en la repisa de su casa. Un veloz intercambio de miradas con su mujer, generó el cambio de planes y lo que había sido una rotunda negativa se convirtió en un “bueno, dale, está bien, pero sólo por hoy eh…”
La concesión a la niña, devino en una negociación que dejó conforme no sólo a la menor de la familia; también la madre se llevó una novela y el padre obtuvo la “autorización” para adquirir aquel libro de investigación que había estado leyendo sobre la alfombra del primer piso. La que se quedó con las manos vacías fue la hija mayor, pero porque no logró definir qué libro le gustaba más.
Dos horas después de haber llegado, se iban con los bolsillos más flacos, pero contentos. Ya era de noche y a nuestro personaje le crujía el estómago. El resto del clan también tenía hambre. La señora averiguó cuanto costaba comer en el restaurant de telón aterciopelado -el antiguo escenario del teatro- de la librería. Cuando le informó a su esposo el precio de una ensalada, éste tomó a las nenas de la mano y segundos más tarde, los cuatro estaban en la vereda.

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Un letrero luminoso del lado de enfrente de Santa Fe, decía: “La Farola”. A las diez de la noche en punto, el padre se servía una porción de muzzarella y un vaso de coca. Y mientras veía a su familia disfrutar de la pizza y la salida sabatina en general, una vez más tomaba conciencia de lo feliz que era.

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