REFLEXIONANDO POR BAIRES

SIMPLEMENTE FREDY

¿Nunca escribiste nada sobre Fredy? La pregunta de Iván me descolocó. Fredy hubiera cumplido años el 27 de marzo. Pero no lo hizo porque partió tempranamente de este mundo. De esto hace, ya seis años. Cierto día se descompuso y pocas horas después falleció, cuando nada hacía pensar en semejante desenlace. De esto, me enteré más adelante, ya que era poco el contacto que manteníamos en ese tiempo.

Pero, decía, me descolocó la pregunta de este otro “chico” que también conocía a Fredy desde la infancia. ¿Por qué debía yo escribir algo sobre él? Sin embargo, esa había sido precisamente mi idea, meses atrás. Idea que a nadie le había comentado y que después, por una u otra razón, nunca puse en práctica, hasta ir olvidándome de ella… Y ahora, la consulta de Iván, desenterraba el tema. ¿Cómo habrá llegado a su mente ese pensamiento? Sea lo que sea, la cuestión principal no era ésta, sino Fredy, Alfredo, de acuerdo al nombre que figuraba en su documento.

Lo conocí, como a tantos otros chicos, a mis ocho años, en un curso dictado por la comunidad Benei Tikvá, donde se enseñaba el idioma hebreo, historia judía y se preparaba a los varones para el Bar Mitzvá (o Bat Mitzvá, si eran mujeres). Asistiríamos hasta los trece. Él era más grande que yo, exactamente, por un mes. Con motivo de tan escasa diferencia de edad, tanto el Bar Mitzvá como la fiesta posterior, terminamos haciéndolos juntos. No coincidimos sólo en esto. Aparte, nos habíamos hecho amigos.

Yo iba a su casa, él venía a la mía. Compartíamos la pasión por el fútbol, la fascinación por las audiciones deportivas, jugábamos a hacer radio, grabábamos supuestos relatos de transmisiones futbolísticas… Nuestros respectivos padres, a partir de esta amistad, también habían construido una relación muy fluida. Durante varias temporadas, nuestras familias concurrieron al mismo club. Si hasta vimos juntos, en su departamento del cuarto piso de la calle Moldes, dos partidos trascendentales del Mundial ’86: el 2 a 1 a Inglaterra y la final contra Alemania, luego de la cual bajamos con el objetivo de sumarnos al festejo de la gente por una abarrotada Avenida Cabildo.

Los años fueron pasando. Nos seguimos frecuentando luego de la niñez. También, con otros compañeros que integraban nuestro grupo. Pero claro, cuando uno crece, hay cosas que empiezan a ser diferentes. Las tentaciones se presentan y es fácil caer en ellas. En la seducción que irradia el hecho de creerse piola, de no comprender que se podría estar dañando al prójimo. El adolescente suele llegar a ser cruel y el entorno, ejercer su influencia, máxime, si uno es influenciable.  Lejos de buscar excusas –no las hay- una combinación así puede hacer naufragar una amistad.

A pesar de todo, Fredy, de una bondad que recién muchos años más tarde fui capaz de reconocer, jamás me dio motivos para que yo me disgustara con él. Pero, ¿habrá podido decir lo mismo él de mí? Si me remonto décadas atrás y repaso flashes que se encienden en mi memoria, admito, lamentablemente, que la respuesta sería un doloroso no. Pero lo hecho, hecho está. El tiempo no permite volver atrás para enmendar los errores.

Sin que hubiera rupturas ni peleas, después de los 18 o 19 años, pasamos a vernos muy esporádicamente, al igual que nuestros padres. Si de casualidad nos cruzábamos, nunca faltó el saludo de su parte, desprovisto de rencores y reproches, tan afectuoso como siempre, como si el calendario siguiera estando anclado en aquellas épocas ya lejanas de la pre-adolescencia. De parte de terceros y también de su propia boca, iba enterándome de novedades importantes en su vida: la radicación de su familia en el interior del país, su viaje a Israel, su retorno a Buenos Aires unos años después, sus incursiones en el periodismo, su casamiento con Gisela…

Creo que un viernes por la tarde, en Medrano y Corrientes, lo vi por última vez. Nos encontramos de casualidad. Charlamos unos minutos en la vereda y cada uno volvió a sus quehaceres. Ignoro cuánto transcurrió desde ese instante (¿meses?), hasta enterarme de la inesperada noticia. Años después, sentí la necesidad de escribir unas líneas, de agradecerle por su noble amistad y de pedirle disculpas por haberle fallado. Entiendo que, de corazón, las habría aceptado. Debí haberme acordado antes, es verdad, pero cuando Iván me habló del tema sin jamás yo haberle dicho nada, entendí que no me sería posible renunciar a dejar asentadas por escrito tantas sensaciones.

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