PORTEÑOS PSICOANALIZADOS

Por primera vez en mucho tiempo, Pablo se sintió libre de acoso. Después de haber reaccionado como lo hizo, sintió que se liberaba de las ataduras. La reacción había surtido el efecto deseado. Los “maltratadores”, azorados, se alejaron sin mediar más agravios. ¡Ese era el camino! Había que animarse y hacerse respetar. ¿Y ahora, qué haría? Un nuevo panorama se abría antes sus ojos. Quedaban unos cuantos minutos por delante en aquella hora sin clase que tenían los varones del curso. En el fondo del aula, el grupo mayoritario –incluso los dos chicos que un rato antes quisieron practicar su bullying habitual- jugaba al truco. Feliz de la vida pero expectante por lo que vendría, Pablo permaneció sentado un tiempo muy breve en su pupitre. Enseguida, se atrevió a levantarse y a caminar en libertad por el recinto. ¿Cuánto hacía que no tenía esta posibilidad? Nadie lo molestó. Sintió indiferencia por parte del resto, pero luego de tanto sufrimiento, era precisamente eso lo que necesitaba: pasar desapercibido. Si hasta tuvo la “osadía” de ponerse a mirar el juego de cartas que se desarrollaba en el fondo. El único comentario alusivo a su persona fue un desabrido “a Chiqui le interesa el partido” que pronunció aquel que unos minutos atrás había ido a molestarlo. Acto seguido, halló una revista de interés general encima de uno de los tantos pupitres vacíos y, tranquilamente, se sentó allí a leerla.

Mucho tiempo después, escribió: ¡Qué orgullo!

En el idioma español, hay diferentes significados para la palabra orgullo. Podemos sentirnos orgullosos de un ser querido o de algo que hayamos hecho nosotros, y eso está muy bien. Pero el orgullo también se puede aplicar como sinónimo de vanidad, de soberbia, de arrogancia. Es aquí cuando adquiere connotaciones negativas. Dicho de una manera más fácil, el orgullo “malo” aparece cuando nos negamos a aceptar que podemos estar equivocados y a darle la razón a otra persona. O, como se dice comúnmente, cuando no queremos dar el brazo a torcer.

Visto, así, aunque parezca un mal menor, el orgullo es uno de los problemas más graves del ser humano, tanto, que al no poder solucionarlo, lo ha conducido hacia el caos. Que el mundo esté como está, en gran parte, se debe al orgullo de sus gobernantes. Sin embargo, a nivel individual también somos víctimas del orgullo, que con su poder devastador destruye amistades, matrimonios, relaciones entre padres e hijos, familias y en consecuencia, sociedades enteras.  

Dios califica al orgullo como uno de nuestros grandes pecados. Y en muchísimos casos, es el orgullo, precisamente, lo que aleja a la gente de nuestro Creador, pues negándonos a admitir Su superioridad, Su autoridad, no nos cansamos de de ignorarlo, desoírlo y rechazarlo. El mundo así lo ha hecho y las consecuencias, a la vista están.

El orgullo es un pecado que puede llevarnos a la ruina. En el trato con Dios y con quienes nos rodean, suele ser muy difícil “dar el brazo a torcer”, y tener la humildad de admitir nuestras equivocaciones. Pero si reconocemos que el orgullo habita en nosotros, también seremos capaces de combatirlo y reducirlo. Y para eso, como para todo, la ayuda del Señor está siempre disponible.

Un sustento bíblico:

Al fracaso lo precede la soberbia humana; a los honores los precede la humildad. Proverbios 18:12.

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