PORTEÑOS PSICOANALIZADOS

Pablo planificó cuidadosamente los pasos a seguir. “Vas a tener que reaccionar”, le había sugerido su papá en la charla donde lo puso al tanto del bullying que estaba sufriendo en el colegio. Un par de días después de aquella conversación, las vacaciones de invierno finalizaron. Tras el regreso a la escuela, las cosas seguían igual. Por eso, se decidió a actuar. El próximo viernes sería el momento indicado. Ese día, mientras las chicas cursaban una materia, el grupo de varones tendría una hora libre. Además, conocía de antemano, que Damián, el compañero de banco que solía protegerlo, debería faltar esa mañana. Pablo sabía que irían por él. Y ese, sería el instante propicio para hacerse respetar.

En los días previos, pensó cada movimiento, cada palabra. Si bien ante el ataque que sufriría, la reacción espontánea no le brotaría de las entrañas, al menos tenía que parecerlo. A medida que el viernes se acercaba, sentía que el miedo y los nervios lo consumían, pero también entendió que no debía dejar pasar más tiempo. Finalmente, llegó el día y todo se dio tal como lo había imaginado: apenas quedaron solos en el aula, dos de los chicos más molestos fueron a buscarlo a su pupitre. Se le acercaron a las risotadas, con actitud patoteril. Uno lo agarró de la ropa, pensando, quizás, “¿a ver cómo nos vamos a divertir con este hoy?”. Pablo, automáticamente, se levantó de su asiento. Por dentro temblaba. Pero por fuera, sacó pecho, se liberó del agarrón y con voz firme, le dijo: “No vuelvas a ponerme la mano encima”. El muchacho, asombrado, lo soltó; esbozando una sonrisa, junto con su compinche, quien había sido testigo de los acontecimientos, se fue hacia el fondo del aula, donde el resto de los varones estaba preparándose para jugar a las cartas.

Muchos años después, escribió: “¿Hay algo imposible?”.

Los milagros son hechos que no tienen explicación. Pasan, aunque la ciencia no es capaz de decir el motivo. Por eso, los que necesitan sí o sí la comprobación científica para todo, afirman que los milagros no existen. En cambio, las Escrituras nos enseñan algo totalmente diferente. Allí, los milagros se suceden continuamente, porque proceden del Creador del Universo, que como tal, no precisa atarse a ningún método racional para hacer y deshacer lo que considere conveniente. Las Escrituras narran sucesos asombrosos desde la perspectiva humana, por ejemplo, que un animal haya hablado o que un hacha haya flotado en el agua. Pero Dios es el que puso en marcha las leyes de la naturaleza, por lo tanto, también puede no utilizar las leyes que creó, apenas se lo proponga.

Yeshúa (Jesús) realizó una inmensa cantidad de milagros cuando estuvo físicamente en este mundo. Comenzó por convertir agua en vino, siguió multiplicando panes, sanando enfermos incurables y hasta le devolvió la vida a gente que había muerto. Él ya no está en la tierra, pero desde el sitio celestial en el cual opera, es capaz de continuar obrando a través de este tipo de fenómenos que para nosotros carecen de demostración racional.  

Aunque no entendamos ciertas cosas, no dejemos de creer en ellas. No dejemos al Señor afuera de nuestras vidas sólo porque no podemos verlo ni tocarlo. Dios anhela que confiemos en Él, nos invita a no rechazarlo. Hoy todavía estamos a tiempo de aceptar esa invitación… Mañana, puede ser tarde.

Un sustento bíblico:

Yo soy el Señor, Dios de toda la humanidad. ¿Hay algo imposible para mí? Jeremías 32:27.

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