PORTEÑOS PSICOANALIZADOS

¿Qué es lo que más les gusta del colegio a los alumnos? El recreo. Si se hiciera una encuesta, esto es lo que por lo general contestaría la mayoría de los estudiantes en un establecimiento secundario. Sin embargo, este momento a Pablo no le hacía ninguna gracia. Por el contrario, hubiera preferido evitarlo desde el timbre de entrada, temprano en la mañana, hasta el de salida, al mediodía de cada jornada. No porque sintiera una gran atracción por el estudio, sino porque en ese rato libre, las posibilidades de sufrir bullying por parte de sus compañeros, crecía exponencialmente.  Eran dos los recreos en su turno. Y a medida que se acercaba el final de una clase, también se incrementaba su preocupación.  Pablo prefería no salir al patio y quedarse en el aula, para no ser un blanco fácil de quienes lo tenían de “punto”.  De todas maneras, una situación le jugaba en contra: él se sentaba en la tercera hilera –junto a un pasillo interno-, contando de adelante hacia atrás. Junto al mismo pasillo, pero en el fondo, se sentaba uno de los chicos que más solía molestarlo. Por eso, cada vez que este compañero salía de su lugar para salir del recinto, pasaba por el asiento de Pablo y, frecuentemente, le aplicaba un golpe. No eran impactos fuertes, pero sí muy humillantes. Un golpe a mano abierta en la mejilla, un coscorrón en la cabeza… Aunque el dolor que invadía a Pablo ante estas circunstancias, no tenía que ver con lo físico sino con una angustia que le inflamaba el pecho. No obstante, se sentía incapaz de reaccionar. En consecuencia, el bullying se prolongaba sin un final a la vista. Cuando el recreo terminaba, Pablo –que permanecía en el aula pero merodeaba por los alrededores de su pupitre, conversando con su amigo Damián y algunas chicas- intentaba sentarse después de que pasara su compañero hostil por el pasillo. Así, evitaba quedar en la línea de fuego y recibir otra denigrante afrenta.

Muchos años después, escribió: “Mejor dar que recibir”.

Pareciera que para las personas es más fácil recibir que dar. Nos gusta cuando nos dan algo pero nos cuesta tener que hacerlo nosotros. Esto, que no tiene que ver con la edad, se puede comprobar si un niño se niega a prestar su juguete y los útiles de la escuela, o si un adulto se muestra reacio a compartir parte de su tiempo. Y, por supuesto, el dinero es lo que más tendemos a retener.

Crecimos con la idea de juntar, de acopiar, de guardar… Eso lo hacemos naturalmente pero el día que  tenemos que desprendernos de ciertas cosas, por lo general, lo realizamos con esfuerzo, lo vemos como un sacrificio. Lo extraño es que mucha gente afirma que cuando le ha tocado dar, ha sentido una gran satisfacción. Una vez que dejamos de lado el egoísmo para brindar un servicio a quien necesita ayuda, nos invade un bienestar que no tiene semejanza a cuando nos empeñamos en acumular. Un buen ejemplo está en aquellos que han declarado lo bien se sienten cuando, cediendo parte de un tiempo y/o dinero que podrían usar para sí mismos, salen a recorrer las calles para darles comida, abrigo y afecto a los que viven a la intemperie.

Dios nos anima a que tengamos este tipo de iniciativas. Él afirma que somos más bienaventurados al dar que al recibir (Hechos 20:35). El Señor premia al generoso y ama al que da con alegría (2 Corintios 9:7). En cambio nuestro Creador no mira con buenos ojos al que solo piensa en sí mismo. En esto Yeshúa (Jesús) también debe ser el modelo. Él era la contracara del egoísmo humano: vivió para servir y murió voluntariamente para que tuviéramos vida eterna. No deseaba nada para beneficio personal. Lo que hizo a favor del ser humano, fue sin esperar nada a cambio y por un amor al prójimo que para nosotros, implica estarle agradecido por toda la eternidad.

Un sustento bíblico:

El que es generoso prospera; el que reanima será reanimado. Proverbios 11:25.

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