PORTEÑOS PSICOANALIZADOS

Había menos alumnos en segundo año. Cuando después de las vacaciones Pablo regresó a la escuela, se encontró con un aula de menor tamaño. Y con varios compañeros menos: chicos que no habían superado el filtro del año inicial y que por diversas causas, quedaron en el camino. Los lugares para sentarse eran de madera. Las mesas y sillas, unidas entre sí, estaban fijas al piso. Eran dobles. Pablo se sentó junto a un muchacho que también había sido su compañero en la primaria. Se llamaba Damián. Por su contextura física imponía respeto y si bien tenía un perfil pacífico, era capaz de usar la fuerza de ser necesario. A esa edad y en el ámbito de la secundaria, no es ningún secreto que mucha gente suele ser blanco de burlas. Damián, debido a cierto modo de expresarse para con los profesores (muy serio y formal), en alguna medida, estaba en la mira… Pero el bullying –que todavía no se conocía con ese nombre- no iba muy lejos con él, porque los traviesos del aula sabían con quién se metían. Damián, de todos modos, no les daba importancia a quienes lo molestaban, más bien, se reía con ellos.

Pablo, progresivamente, también fue volviéndose receptor de hostigamiento. Pero en su caso, las bromas eran más pesadas. De modo contrario a su compañero de banco, su estatura era media-baja. Entre los 13 y los 14 años, también fue moldeando una personalidad de bajo perfil. Introvertido de carácter, algo apocado y huidizo con respecto a los más revoltosos, no tardó en ser tomado “de punto” por el sector duro de aquel segundo año del turno mañana. En tal sentido, le colocaron un apodo que -ya se verá el motivo- a mediados de la década del Ochenta, sonaba tan humillante como hiriente: Chiquito Reyes.

Muchos años más tarde, escribió: “El camino es hoy”.

El camino de la vida se desanda paso a paso. Momento a momento. La vida es precisamente eso: una suma de momentos. ¿Quién no desearía disfrutar de la vida? Una clave importante, entonces, será, en primer lugar, tratar de disfrutar de los momentos. El problema, es que no nos detenemos a hacerlo porque todo el tiempo estamos pensando en lo que viene. Todavía no dimos un paso y ya tenemos la mente en el próximo. Cuando hayamos dado el próximo, nuestra cabeza se concentrará en el siguiente, y así sucesivamente. Todo el tiempo estamos intentando llegar a algún lado, pero el lugar en el cual estamos aquí y ahora, ¿cuándo lo disfrutamos? Si no logramos disfrutar el momento, es probable que tampoco disfrutemos el recorrido entero.

Esto se puede comprobar, incluso, dentro de los límites de un mismo día: mientras estoy trabajando, quiero que termine mi horario. Mientras estoy viajando, quiero llegar a casa. Mientras, estoy en casa, quiero finalizar con mis tareas para ver la televisión. Mientras veo la televisión, mi cabeza ya está en el día de mañana.

Existe un dicho muy conocido, que se refiere a tratar de disfrutar del recorrido, en vez de obsesionarnos con la llegada. En teoría suena muy lindo, pero en la práctica, solemos olvidarnos de aplicarlo. Pero Dios mismo, nos alienta a que dejemos de lado esta actitud para concentrarnos en el presente. Él sabe lo perjudicial que resulta esta manía de estar continuamente preocupados por lo venidero y a través de la Palabra, nos aconseja evitarlo. Como también conoce nuestras debilidades, nos anima a que lo busquemos para así poder ayudarnos a que tengamos eso y mucho más, lo que incluye, esa paz que sólo Él es capaz de darnos.

Un sustento bíblico:

(Dijo Yeshúa –Jesús-): “Así que no se preocupen por el mañana, porque el día de mañana traerá sus propias preocupaciones. Los problemas del día de hoy son suficientes por hoy”. Mateo 6:34.

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