PORTEÑOS PSICOANALIZADOS

Pablo ingresó la escuela secundaria con 12 años. Le faltaba poco más de un mes para cumplir los 13. Un mundo nuevo se abría ante sus ojos. Viajar solo en colectivo y en tren, nuevos compañeros, nuevos profesores, más materias, más para estudiar… El aula estaba repleto el primer día de clases. Se sentó donde halló lugar disponible, en la primer fila y bien a la derecha… Una treintena de chicas y aproximadamente diez varones, conformaban el universo de aquella primera temporada en el colegio bachiller. Habría cinco años por delante. Uno de sus nuevos compañeros tuvo un acto fallido: en vez de decirle “profesora” a quien estaba a cargo de una de las primeras clases, la llamó “señorita”, como se acostumbraba a decir en la primaria. El error generó risas entre el alumnado, sin dudas, todo un símbolo de que las cosas habían cambiado. La infancia comenzaba a quedar atrás. Llegaba la adolescencia y con ella, sus circunstancias.

Pablo solía recordar una frase que escuchó por esos tiempos: “Hijos chicos, problemas chicos; hijos grandes, problemas grandes”. El crecimiento también implicaba dificultades que no tardaría en sentir en carne propia. De todos modos, el inicio no resultó traumático para Pablo. En la primaria había sido uno de los mejores estudiantes de su grado. En más de una oportunidad, lo eligieron como escolta de la bandera argentina en los actos escolares.  En la secundaria se destacó menos, pero su preocupación no era esa sino rendir correctamente las más de diez materias que tenía el programa y comenzar sus vacaciones lo antes posible. Y logró el objetivo. A mediados de noviembre, sin asignaturas pendientes, quedó liberado del colegio hasta marzo del año siguiente. Pablo disfrutó de unas tranquilas vacaciones. En segundo año las cosas no serían tan fáciles para él, ni a nivel estudio, ni mucho menos, en la relación con sus compañeros.

Muchos años después, escribió: “Lo que nos falta y lo que tenemos”.

Está claro que es muy difícil, o directamente imposible, tener todo lo que uno quiere. Ni en el aspecto material, ni en temas como la salud, el afecto e incluso lo espiritual. A menudo, habrá algo que creemos que nos está faltando. Y también se da, que eso que nos falta, no deja que disfrutemos de lo que sí tenemos.

Recién cuando perdemos algo que sí era nuestro, empezamos a valorarlo. Si en casa se corta la luz, el agua o el gas, nos damos cuenta de los problemas que esto provoca. Pero mientras todo funciona bien, rara vez se nos ocurre pensar: “Qué bueno que puedo disfrutar de esto”.

Lo mismo sucede con muchísimas cosas. Por alguna razón, al ser humano lo domina una tendencia a vivir disconforme, poniendo el foco en el medio vaso vacío y no en el lleno. Una hermosa frase dice: “No tengo todo lo que quiero pero quiero todo lo que tengo”. ¿Qué tal si intentáramos aplicarla? Nos permitiría afrontar cada día con mayor alegría.

Y por sobre todas las cosas, debemos recordar que lo máximo a lo que podemos aspirar en nuestro paso por este mundo sí lo tenemos. Se llama Yeshúa (Jesús) y está junto a nosotros, esperando que nos acerquemos para tendernos Su socorro desinteresado. Un socorro siempre disponible, y fundamentado en el infinito amor de Dios, que llega junto con promesas de bendición y vida eterna para quienes no rechacen la obra salvadora que más de dos mil años atrás, se cumplió conforme a lo establecido en las Escrituras.

Un sustento bíblico:

Aun en la vejez, cuando ya peinen canas, yo seré el mismo, yo los sostendré. Yo los hice, y cuidaré de ustedes; los sostendré y los libraré. Isaías 46:4.

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