PORTEÑOS PSICOANALIZADOS

Tenía Pablo nuevo o diez años, cuando le sucedió algo muy curioso. Un compañero de grado hacía varios días que estaba molestándolo. No era un acoso físico sino psicológico… Se trataba de un caso aislado, de un alumno solitario del cual padecía esto, pues Pablo no sufría bullying a esa edad. Un día, cuando este chico de nombre Claudio volvió a molestarlo, Pablo le aplicó un golpe en la nariz. Estaban en el recreo. Su “contrincante” nada dijo y se fue al baño. Como consecuencia de su reacción, parecía que ya no habría más problemas para él. Sin embargo, ahí no se terminó todo. Pablo no se sentía bien por haber hecho lo que hizo. Y para colmo, al día siguiente Claudio volvió a la carga, ahora utilizando el golpe que había recibido en la nariz, como amenaza para seguir ejerciendo su control a nivel psicológico. La zona del tabique nasal le había quedado morada. “Mañana va a venir mi mamá a hablar”, le decía a Pablo, que estaba realmente asustado. Como no quería dificultades, se dejaba manipular por su compañero de grado.

En aquella época se coleccionaban unas figuritas redondas que además tenían una versión de chapa, que no se pegaban en el álbum. Dentro de cada paquete, venían las figus comunes y aparte, una “chapita”. Pablo, que había juntado muchas, un día se las regaló todas a Claudio, acaso esperando que con esta acción, éste lo dejara tranquilo. Y logró el objetivo, aunque ni bien tomó esta medida, se arrepintió. Había sido muy alto el precio que pagó.

Muchos años después, escribió: “¿Orgullosos del orgullo?”.

Una mujer de unos 30 años, cruzó la calle con luz prohibida, mientras hablaba por teléfono. Un taxista,  desde su auto le reprochó la actitud. Sin cortar la comunicación, instantáneamente, la mujer le lanzó un grueso insulto… El conductor no respondió y cada uno siguió su camino…

Escenas como esta se repiten constantemente. Son cosas de todos los días. Tanto, que nos resultan normales y hasta nos podrían provocar risa. La sociedad ya ha naturalizado la transgresión y el maltrato entre la gente. Pero hay algo más grave todavía: el orgullo. Para esta palabra existe más de un significado. En este caso, no tiene que ver con estar orgullosos porque sacamos una buena nota en la escuela o porque en nuestro trabajo recibimos un ascenso. El orgullo, aquí, es lo que equivale a no dar el brazo a torcer.  A no poder reconocer que estamos equivocados,  a aferrarnos a nuestras opiniones obstinadamente, aún cuando pensándolo bien, sabemos que no tenemos razón. Pero con tal de no admitirlo, somos capaces de seguir nuestro camino sin “bajarnos del caballo”. Esto, por más que parezca muy básico, es lo que puede llevar a la ruina a una familia, a la sociedad y al mundo.

Dios tiene mucho para decirnos sobre esta cuestión: “El orgulloso termina en la vergüenza, y el humilde llega a ser sabio”, indican las Escrituras (Proverbios 11:2). Es que el Señor repudia el orgullo y lo contrasta con la humildad. El mismo libro de Proverbios lo amplía: “El altivo será humillado, pero el humilde será enaltecido”(Proverbios 29:23). Y también: “Al fracaso lo precede la soberbia humana; a los honores los precede la humildad”(Proverbios 18:12).

Somos humanos y podemos estar equivocados en miles de cosas. Incluso, en nuestra relación con Dios. Pero Él nos conoce a fondo, nos perdona y nos bendice, si tenemos la humildad de reconocerlo y encauzarnos en el camino. No perdamos más tiempo y hagámoslo hoy mismo, que Él nos está esperando.

Un sustento bíblico:

Humíllense delante del Señor, y Él los exaltará. Santiago 4:10.

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