PORTEÑOS PSICOANALIZADOS

No poder reaccionar ante una agresión. La impotencia al no ser capaz de replicar un ataque verbal o físico… Esta fue una de las semillas que hicieron germinar el bullying, de acuerdo a la observación de Pablo. A los doce años ocurrió su “primera vez”, aquella ocasión en la que Carlitos, su compañerito de séptimo grado, le propinó un par de trompadas en la zona del estómago. Pablo se quedó como petrificado y con el devenir de los años, identificó este hecho como el disparador de lo que sufriría más adelante.

Pero, ¿qué pasó antes? Previamente a este altercado, Pablo no había experimentado problemas de este tipo. Durante su infancia casi no tuvo peleas con otros chicos. Algunos episodios aislados, no obstante, conformaban una extraña mezcolanza. Él los  describió puntualmente:

-Tenía aproximadamente 5 años cuando se peleó duramente con un chico apenas menor en un club al que iba con su familia. Aquí sí, el tal Sergio –así se llamaba- tanto lo había molestado que recibió un escarmiento.

-A los siete años, en otro club, Pablo y un primo fueron amenazados por un niño aparentemente más pequeño, pero muy provocador. Atemorizados, fueron a contarle a  un mayor de la familia, que contestó algo así: “¿Y por ese enano están asustados?”.

-A esa edad, en el recreo del colegio, se trenzó con un compañero de grado llamado igual que él. La pelea duró largos minutos, con los Pablo’s revolcándose en el patio, entre las piernas de alumnos y, seguramente, también maestros que intentaban separarlos.

-En segundo grado del mismo colegio, fue Pablo el que agredió a un compañerito llamado Marcelo: lo empujó y éste se cayó para atrás, golpeándose la cabeza con un pupitre. Al día siguiente fueron los padres a hablar con la señorita. Llamaron a Pablo, quien no desmintió la agresión pero recurrió a una vergonzosa mentira –que Marcelo antes lo había molestado- para excusarse.

Muchos años después, escribió: “¿Orgullosos del orgullo?”.

Una mujer de unos 30 años, cruzó la calle con luz prohibida, mientras hablaba por teléfono. Un taxista,  desde su auto le reprochó la actitud. Sin cortar la comunicación, instantáneamente, la mujer le lanzó un grueso insulto… El conductor no respondió y cada uno siguió su camino…

Escenas como esta se repiten constantemente. Son cosas de todos los días. Tanto, que nos resultan normales y hasta nos podrían provocar risa. La sociedad ya ha naturalizado la transgresión y el maltrato entre la gente. Pero hay algo más grave todavía: el orgullo. Para esta palabra existe más de un significado. En este caso, no tiene que ver con estar orgullosos porque sacamos una buena nota en la escuela o porque en nuestro trabajo recibimos un ascenso. El orgullo, aquí, es lo que equivale a no dar el brazo a torcer.  A no poder reconocer que estamos equivocados,  a aferrarnos a nuestras opiniones obstinadamente, aún cuando pensándolo bien, sabemos que no tenemos razón. Pero con tal de no admitirlo, somos capaces de seguir nuestro camino sin “bajarnos del caballo”. Esto, por más que parezca muy básico, es lo que puede llevar a la ruina a una familia, a la sociedad y al mundo.

Dios tiene mucho para decirnos sobre esta cuestión: “El orgulloso termina en la vergüenza, y el humilde llega a ser sabio”, indican las Escrituras (Proverbios 11:2). Es que el Señor repudia el orgullo y lo contrasta con la humildad. El mismo libro de Proverbios lo amplía: “El altivo será humillado, pero el humilde será enaltecido”(Proverbios 29:23). Y también: “Al fracaso lo precede la soberbia humana; a los honores los precede la humildad”(Proverbios 18:12).

Somos humanos y podemos estar equivocados en miles de cosas. Incluso, en nuestra relación con Dios. Pero Él nos conoce a fondo, nos perdona y nos bendice, si tenemos la humildad de reconocerlo y encauzarnos en el camino. No perdamos más tiempo y hagámoslo hoy mismo, que Él nos está esperando.

Un sustento bíblico:

Humíllense delante del Señor, y Él los exaltará. Santiago 4:10.

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