PORTEÑOS PSICOANALIZADOS

Pablo intentó seguir desentrañando lo que le pasaba. Buscó profundizar más y más, en su ambición de ir sin más vueltas, a los motivos de su padecimiento. Creía que, sabiendo la causa, le sería más fácil hallar la solución. Se quedó satisfecho, entonces, por haber entendido que gran parte del problema se originaba en el temor a perder cosas que, según pensaba, tenía aseguradas.

La salud era primordial en su lista de elementos a cuidar, por eso, su miedo a las enfermedades también se hacía presente con firmeza en el día a día. Pablo recordó otro aspecto de su carácter que poco tendría que ver con estas cuestiones. Sin embargo, atando cabos, concluyó que todo cerraba. Y es que desde muy temprana edad, no había sido desprendido, precisamente, en los asuntos monetarios. Le costaba mucho “meter la mano en el bolsillo”, como se dice risueñamente, cuando alguien es mezquino a la hora de pagar. Esa avaricia, aunque en apariencia, nada tenía que ver con ella, estaba estrechamente conectada a su hipocondría. El denominador común era el temor a la pérdida. En la misma línea Pablo también demostraba ser mezquino en diversas áreas, ya no únicamente, en lo respectivo al dinero. El tiempo era una de esas áreas. Su tiempo valía oro y de ninguna manera, estaba dispuesto a perderlo.

Años después, escribió: El camino de los contrastes”.

En este camino que es la vida, se presentan grandes contrastes. Si bien existen hermosos paisajes que nos motivan a andar por la senda con alegría, además hay obstáculos que la entorpecen y no permiten que caminemos en paz. Malas maniobras de quienes transitan cerca de nosotros nos complican. Pero también, son nuestras propias equivocaciones las que ponen en peligro a los demás y a nosotros mismos. Muchos de esos errores, se producen porque nos negamos a reconocer que el camino por el cual vamos, fue trazado por alguien que no sólo hizo esto, sino que aparte, nos dio instrucciones de cómo viajar por él. Ese alguien es el Señor y a esas instrucciones se las puede encontrar fácilmente en las Escrituras.

A menudo, las equivocaciones que solemos cometer tienen un nombre concreto: Dios las llama pecado. Y el más grande de esos pecados, justamente, es intentar atravesarlo como si el camino estuviera delante de nosotros por casualidad, como si no tuviera un Creador que lo diseñó sabiamente. El hecho de ignorarlo a Él y a Sus leyes y enseñanzas, provoca que se transforme en un caos lo que tendría que ser una marcha mucho más placentera y que un bello paisaje se vea convertido en un panorama oscuro y tenebroso.

Junto a estas leyes y enseñanzas, el que trazó la ruta también nos dejó dicho que al final de la misma, nos encontraremos con Él. Pero si durante el recorrido lo hemos desechado y no nos interesó recibir el perdón que nos ofreció, tampoco nos espera una eternidad junto a Dios sino un sitio donde deberemos estar apartados de Él para siempre.

Un sustento bíblico:

El que camina en integridad anda confiado; mas el que pervierte sus caminos será quebrantado. Proverbios 10:9.

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