PORTEÑOS PSICOANALIZADOS

El control que intentaba ejercer sobre todos los asuntos se volvió clave en la vida de Pablo, que tenía una obsesión por que nada escapara de su dominio.  Como no estaba loco, sabía que eso era imposible, por eso, se ponía mal si no podía controlarlo todo. Eso explicaba, por ejemplo, el miedo que fue adueñándose de él a la hora de hacer un viaje de larga distancia: no podía controlar la ruta mientras iba sentado en un micro. El volante no lo tenía él. Y ni que hablar si estaba arriba de un avión. ¿Qué control podía ejercer a semejante altura? Si el aparato fallaba, ¿qué escapatoria tendría? Esa falta de seguridad sobre ciertos temas, el hecho de no poder tener todo bajo su dominio, lo atormentaba. La incertidumbre no le permitía vivir tranquilo. Así también fue alimentando su miedo a las enfermedades. Frente a un malestar corporal que no se alejaba pronto, las alarmas se activaban en su mente: ¿Y esto, qué será? ¿Y si es algo grave? Preguntas como estas hacían fila para instalarse en su cabeza. En estos momentos, Pablo padecía una vez más su angustia por no poder controlar la situación. La incertidumbre por no saber a que obedecía el síntoma, la carencia de respuestas inmediatas, la falta de certeza, le producía una desesperación que, paradójicamente, no lograba controlar. O sea que, como es lógico, no controlaba lo que no estaba a su alcance controlar. Pero tampoco a partir de esa imposibilidad, tampoco conseguía dominar la angustia, el miedo, o ambas cosas a la vez, lo que, teóricamente, por estar dentro de su mente, sí podía haber controlado.

Muchos años después, escribió: “Reconocer lo que somos”.

En una comedia infantil estadounidense, una despistada niñera convive con los cuatro hijos de un matrimonio y un mayordomo, en un fastuoso departamento de Nueva York.

En la primera parte de cada episodio, tienen lugar los malentendidos que le darán interés al capítulo, dotados de mentiras, traiciones, actitudes egoístas, celos, afán desmedido por el dinero… Y la lista podría seguir. Pero por la simpatía de los personajes y porque todo se desarrolla en clave humorística, es probable que ningún televidente se sienta con ganas de cambiar de canal debido a esta cuestión.

En los minutos finales del programa, los protagonistas como por arte de magia admiten sus culpas, los problemas se solucionan, y todo termina felizmente.

En la vida real, el carácter de las personas está compuesto por los mismos ingredientes que generan los disparatados conflictos de la serie. La diferencia, es que los engaños, la envidia, el egoísmo, etc… no se forman en un terreno de comedia ni se detienen en un abrir y cerrar de ojos, sino que se perpetúan, haciendo de este mundo, un lugar cada vez más problemático y hostil.

La mentira, la ambición desmedida, la falta de consideración hacia el prójimo y todo lo enumerado líneas arriba, constituye ese pecado del que tanta gente se ríe y ridiculiza cuando se hace referencia a él. Cada ser humano los lleva incorporados, más allá de que no hayamos robado ni matado a nadie. Y por todos los esfuerzos que hagamos, no seremos capaces de evitarlos por nuestros propios medios. 

Ni sólo los gobernantes, ni los hombres de poder. Ellos y absolutamente todos los que lo habitamos, con nuestros pecados aportamos para convertir al planeta en el caos que es.

En las condiciones en las que estamos, ¿cómo obtendremos el perdón de nuestro Creador? Hay una salida: de la única manera que Dios nos acepta en Su presencia, es a través de Yeshúa (Jesús, en su idioma original, el hebreo), quien cuando estuvo sobre la faz de la tierra murió para que los pecados de los que en esta verdad han creído, sean sepultados y olvidados para siempre.

Un sustento bíblico:

Yeshúa (Jesús) le contestó: Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie puede llegar al Padre si no es por mí. (Juan 14:6).

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