PORTEÑOS PSICOANALIZADOS

A Pablo sus Trastornos Obsesivo Compulsivos lo perseguían, o también se podría afirmar que lo acompañaban. Porque, ¿hasta dónde quería escapar de ellos? ¿Hasta dónde quería conservarlos con él? Había una línea muy delgada en ese sentido. Lo concreto, es que los TOCs iban con Pablo hacia el lugar al cual Pablo se trasladara. Era una compañía incómoda –pero compañía al fin- que no conocía de distancias.

En ciertas ocasiones, sus obligaciones laborales le permitían tomarse un descanso y visitaba a algunos parientes que vivían lejos de Buenos Aires. En esta población había un pequeño curso de agua con tierra polvorienta a los costados. Pablo solía caminar por allí. Un día, mientras lo hacía, se le ocurrió patear piedritas con el objetivo de que estas cayeran al agua. La distancia que lo separaba del canal era de aproximadamente un metro. Pateó una, dos, tres… Hasta que en el transcurso de su caminata, fueron unas treinta piedritas las que impulsadas por la cara externa de su pie derecho, siguieron idéntico destino. La próxima vez que Pablo anduvo por ese tranquilo paraje, repitió su inofensivo pasatiempo. ¿Inofensivo? En cierto momento, ya no podía dejar de hacerlo. Antes de que finalizara su visita familiar y volviera a pisar suelo porteño, debía, sí o sí, practicar la costumbre que ya se había vuelto una obligación. Si no pateaba al menos treinta piedritas (en realidad, si al patearlas, estas no caían al agua) “algo malo podría llegar a suceder”. Tales pensamientos lo acosaban, pero si bien se daba cuenta de su carácter irracional, no podía terminar con su hábito descabellado.

El cumplimiento de su loca rutina no era tan fácil de cumplir: podía ser que la piedrita no cayera al agua al ser detenida por los yuyos en el trayecto o al trabarse en el piso desparejo… Eso dificultaba su tarea. Quizás de cada tres o cuatro que salían, sólo una llegaba. Encima, como para complicarse más la vida, Pablo entendía que si no era a un solo toque, no valía… Y por si esto fuera poco, había fijado un límite: la misión debía estar cumplida antes de que su recorrida de a pie alcanzara determinado punto del camino. Si al llegar a ese punto, treinta piedras no habían entrado al canal “algo malo podría llegar a suceder”.

Mucho tiempo después, escribió: “Ni Disney ni Paris”.

En la puerta de un establecimiento escolar, una maestra le hacías a los alumnos que iban ingresando, una pregunta parecida a esta: “¿Disney o París?”. Ellos contestaban una de las opciones y entraban al colegio. La mujer lo decía en tono simpático y, seguramente, con ninguna mala intención. Sin embargo, con su consigna no hacía más que aportar un granito más de arena a la confusión general. Los niños empiezan a caminar por la vida y ya -de modo inconsciente o no- se les pone un objetivo distante. De acuerdo al nivel económico de la familia, para unos, la meta, puede ser más lejana que para otros. Pero el tema de fondo, es que no se nos muestra que la felicidad puede estar aquí mismo. Como si siempre hubiera que hacer un gran esfuerzo o generar mucho dinero para conseguirla, cuando la felicidad no llegará gracias a tener más plata, bienes materiales, o conocer ese lugar “al que todos quieren ir”.

Si no se presta atención, si no se tiene sumo cuidado con el mensaje encubierto que nos da la sociedad, es posible que nos frustremos mucho cuando no lleguemos al Disney o al París que nos señalan como objetivo. De la misma manera que unas vacaciones soñadas se pueden pasar muy cerquita, por ejemplo, en los bellísimos lugares que tiene nuestro país, tampoco hace falta buscar tanto para que nuestro corazón encuentre paz, felicidad y descanso. Dios nos los ofrece a través de una sana relación con Él, y en abundancia. En todo momento y en todo lugar, sin dinero de por medio ni largos kilometrajes que recorrer.

Un sustento bíblico:

(Dijo Yeshúa –Jesús-): La paz les dejo; mi paz les doy. Yo no se la doy a ustedes como la da el mundo. No se angustien ni se acobarden. Juan 14:27.

Leave a Reply