PORTEÑOS PSICOANALIZADOS

Pablo procuró ponerle puntos suspensivos a su recopilación de breves experiencias y sacar una conclusión. Mediante su repaso de ciertos eventos, le quedó claro que la ansiedad y el miedo, durante gran parte de su vida, no habían sido obstáculos significativos. Pero ahora deseaba averiguar a partir de qué momento las cosas se habían puesto difíciles. En su exploración interior, dedujo que no existía algo en particular. O, mejor dicho, que tal vez sí existía, pero no desencadenó una reacción negativa inmediata. Aquí, Pablo creyó dar en la tecla, identificando al nacimiento de su primera hija, como un hecho que lo transformó. No fue de la noche a la mañana. Pero en forma gradual, a medida que tomaba conciencia de las nuevas responsabilidades que lo estaban aguardando, a la par de la alegría que entrañaba la paternidad, Pablo también iba sumando miedos a través del camino. Comprendió que esto que le ocurrió no era infrecuente cuando se es padre por primera vez. Sin embargo, su autocrítica lo condujo a determinar que tampoco era común desbarrancar aprisionado por la exageración, como a él le había pasado.

Un día, Pablo escribió: “La ingeniería del mal”.

En 2020, la pandemia mantuvo a la gente en sus hogares. Pero los delincuentes hallaron, igual, más formas de cometer delitos. Limitados en las calles, desarrollaron habilidades para idear nuevas maneras de quedarse con lo ajeno. Hoy, si las personas no ponen especial atención en cómo se manejan con el celular o la computadora, podrían perder los ahorros de toda su vida en unos minutos, y sin conocer siquiera la cara del autor del robo.

La astucia para hacer el mal no se detiene. Por el contrario, pareciera que cada vez se perfecciona más. No solamente hay ladrones repartidos en todo tipo de especialidades: la diversa clase de delitos es sorprendente, y fácilmente comprobable al repasar las noticias del día. Sin embargo, muchos pecados que para las leyes humanas no son delitos, también están destruyendo a las sociedades del mundo. La Palabra de Dios anticipó que esto sucedería. Hace unos dos mil años, el apóstol Pablo escribió: “Ahora bien, ten en cuenta que en los últimos días vendrán tiempos difíciles. La gente estará llena de egoísmo y avaricia; serán jactanciosos, arrogantes, blasfemos, desobedientes a los padres, ingratos, impíos, insensibles, implacables, calumniadores, libertinos, despiadados, enemigos de todo lo bueno, traicioneros, impetuosos, vanidosos y más amigos del placer que de Dios” (2 Timoteo 3: 2-4).

Este panorama que pintó Pablo, refleja un estado del ser humano que bien podría ser el actual. En este estado, nadie podrá presentarse ante Dios. Aunque para evitar la condena eterna, todavía existe la posibilidad del arrepentimiento y la vuelta a un camino que nos aleje del mal. Ese camino se llama Yeshúa (Jesús), el único que nunca pecó, y que con Su muerte y resurrección, liberó la ruta para salvar a los que así lo creyeron.

Un sustento bíblico:

Yeshúa (Jesús) le dijo: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí”. Juan 14:6.

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