PORTEÑOS PSICOANALIZADOS

Tenía Pablo treinta y pico de años, cuando un dolor de cabeza comenzó a afectarlo. Leve pero persistente, sentía este dolor en la coronilla –el sector más alto- y no se iba hasta que no tomaba una aspirina. Unas horas después, el efecto del analgésico terminaba y la molestia reaparecía. Por unos cuantos días, esta situación se mantuvo, por lo que Pablo determinó realizar las consultas médicas necesarias. En resumidas cuentas, luego de hacerse los estudios (algunos realmente incómodos, como la tomografía computada) quedó claro que no había ningún motivo para alarmarse. Y así como el dolorcito había llegado, un día se fue… Todo este proceso, que abarcó quizás un par de meses, no trajo aparejado ningún sufrimiento exagerado para él, que sí atravesó momentos donde lo aquejó una preocupación “normal” . Pero de ningún modo, cayó en la desesperación que podría haber llegado a provocar aquella molestia física y la incertidumbre por desconocer su origen.

Unos años más tarde, volvió a sufrir un dolor muy parecido, tal vez, idéntico. Pero entonces, su estado ya había cambiado. En esta nueva oportunidad, no pudo evitar la desagradable sensación de preocupación desmesurada, y caer en un malestar mental mucho más molesto que el dolor en sí mismo. ¿Por qué, y a partir de cuándo, había variado tanto la situación?

Muchos años después, escribió: “La lucha entre el bien y el mal”.

Así como las Escrituras nos revelan a Dios, también nos cuentan sobre la existencia del diablo. Hoy, se lo suele caracterizar como a un personaje de ficción, entre pícaro y simpático, que incluso, vestido de rojo, aparece como un dibujo animado en series infantiles. Sin embargo, de acuerdo a la Palabra, no es recomendable tomar el tema en broma, sino todo lo contrario. Satanás es el enemigo de Dios y como tal, lleva a cabo una lucha que apunta a que la gente descrea de Su existencia y Su poder.

La Biblia se refiere al diablo en numerosos pasajes. Por ejemplo, cuando dice que “se disfraza de ángel de luz” (2 Corintios 11:14). O sea, que mediante el engaño, sabe cómo hacer para que lo vean como a un pintoresco personaje de ficción, mientras su verdadero propósito, es el de alejar a la gente de la salvación que proviene de Dios.

Si prestamos atención a la tremenda realidad de este mundo, el diablo estaría cumpliendo su objetivo, porque mientras en general la humanidad se aparta de su Creador y se toma en broma a satanás, la tierra va camino hacia su autodestrucción, algo que también ha sido predicho en las Escrituras.

Nadie está exento de ser alcanzado por los engaños del “ángel de luz”, los cuales nos llevarían a la perdición. Por eso, la Biblia nos advierte: “Pónganse toda la armadura de Dios para que puedan hacer frente a las artimañas del diablo” (Efesios 6:11). Todo esto podría parecer un cuento de niños, pero es parte de una lucha sostenida entre el bien y el mal a niveles espirituales. Una lucha –la del bien y el mal- que además se presenta cada día a nivel terrenal y hasta se libra en nuestro interior. Una lucha en la cual Yeshúa (Jesús) ya obtuvo la victoria, cuando logró resistir a todas las tentaciones que le propuso el enemigo. Si así lo reconocemos, el mismo Yeshúa es el que ahora nos ayudará a no caer en las trampas que en vez de conducirnos hacia el Cielo, estarán acercándonos a las tinieblas.

Un sustento bíblico:

Practiquen el dominio propio y manténganse alerta. Su enemigo el diablo ronda como león rugiente, buscando a quién devorar. 1 Pedro 5:8.

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