PORTEÑOS PSICOANALIZADOS

La guerra de Malvinas. En eso pensaba Pablo cuando simultáneamente, recordó un episodio vinculado a este doloroso capítulo bélico acontecido en 1982. En abril de aquel año, en todas partes de la Argentina, prácticamente, se hablaba de eso. Pablo, todavía un niño, hacía un curso de idioma hebreo junto a varios compañeros, de unos diez años de edad. Durante la clase volvió a salir el tema. “A mi primo lo mandaron”, dijo un nena llamada Patricia, señalando que su primo –seguramente, un soldado conscripto- había sido llamado para combatir. Pablo no lo dudó. En un brote de sinceridad, tiró: “Yo iría”. La nena respondió: “Valiente…”

Pasó el tiempo y al recordar ese momento, Pablo se preguntó cómo podía ser que durante su infancia no tuviera miedo de ir a una guerra, lo que significaba, que probablemente tampoco le temía a la mismísima muerte. Inconsciencia, ingenuidad… ¡Valentía! Cualquiera de estos adjetivos quizás se adaptaba a su infantil pensamiento. Parecía increíble, sabiendo que las cosas darían un vuelco tan grande en su adultez. Pero lo real, es que a esa edad, lejos estaba todavía de encontrarse frente a frente con enemigos como el miedo y la ansiedad, que – ¿como en la guerra?- lo esperaban agazapados.

Muchos años después, escribió: “Sentir la presencia del que ama y comprende”.

Ante un sistema de valores que va a contramano de lo que Dios pretende, no sería extraño que un creyente se sintiera frustrado a la hora de tratar de cumplir con Sus ordenanzas. Para no echarle la culpa solamente al entorno que nos rodea, nuestra propia naturaleza, en la que sigue anidando el pecado a pesar de ser creyentes, también nos llama a la desobediencia. Por eso, las luchas internas que a veces sostenemos son arduas. Sin embargo, hay alguien que nos comprende a la perfección, ya que cuando estuvo aquí en su condición humana, se vio obligado a soportar las mismas luchas que tenemos nosotros. Yeshúa (Jesús) entiende cada uno de nuestros padecimientos y a pesar de que ya no vive en la tierra como hace más de dos mil años, continúa ofreciéndonos Su auxilio ante las dificultades del día a día.

No está lejos, no es inalcanzable. Está aquí y ahora, lo tenemos a favor, no en contra; esperando compartir cada momento con nosotros, y que le permitamos ayudarnos hasta en los detalles mínimos. Si no lo sentimos así no es porque Él no existe o no nos ama, sino porque nuestra falta de fe es la quizás nos está impidiendo ser conscientes de Su presencia. Frente a una dificultad como esta, también existe una solución, y la trae el mismo Dios. Porque así como Él cumple con tantas peticiones si nuestra voluntad está alineada a la suya, si lo que le pedimos es que aumente nuestra fe, desde luego que también esto es lo que hará.

Un sustento bíblico:

Entonces el padre del muchacho gritó: —Yo creo. ¡Ayúdame a creer más! Marcos 9:24.

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