PORTEÑOS PSICOANALIZADOS

A Pablo le costaba confiar en la gente. Había aprendido a ser así, probablemente por razones relacionadas a su entorno y a su carácter. Él creía que también por cuestiones de esta índole, sus amigos no eran muchos. Ni en el presente, ni en anteriores etapas de su vida. Pensaba, además, que la palabra “amigo” estaba, al menos, un poco desvirtuada en la sociedad actual. “Hoy se le dice amigo a alguien que por ahí es apenas un conocido, pero un amigo tiene que ser muchísimo más que eso”, razonaba Pablo. En esa dirección apuntó a la hora de pergeñar otra de sus reflexiones, a la que tituló: “Saber que no hay amigo más fiel”.

Es muy lindo tener amigos. Esta verdad incuestionable, y a la que tanto valor le adjudicamos en la actualidad, ya había sido dada a la humanidad hace miles de años por medio de las Escrituras. Por ejemplo, Proverbios 17:17 dice: “En todo tiempo ama el amigo; para ayudar en la adversidad nació el hermano”. Sin embargo, también es cierto que las amistades suelen atravesar por grandes vaivenes. Un amigo muy cercano, de pronto, puede no serlo tanto como pensábamos. Alguien con el que teníamos una relación muy sólida, quizás se aleje sin que sepamos el motivo. Una persona que considerábamos fiel, podría traicionarnos… El mundo está repleto de casos como estos, porque en su corazón, el ser humano lleva un pecado del que no conseguirá liberarse en tanto insista en mantenerse alejado de la ayuda del Creador.

En cambio, hay alguien en el que, pase lo que pase, el hombre puede confiar ciega e incondicionalemente. Siempre y cuando no rechacemos la obra que hizo por nosotros en el madero, Yeshúa (Jesús) ha prometido permanecer a nuestro lado en toda circunstancia. Si bien ya no está más en la tierra en su forma humana, sabemos que en Él tenemos un amigo tan fiel, que hasta fue capaz de dar su vida por nosotros.     

Un sustento bíblico:

Nadie tiene amor más grande que el dar la vida por sus amigos. Juan 15:13.

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