PORTEÑOS PSICOANALIZADOS

La chica con la que Pablo salía lo dejó, seguramente, cansada de su inmadurez. Su novio se resistía a tomar la relación sentimental con la seriedad que ella esperaba, lo que quizás no hubiera sido un problema grave en el primer año de noviazgo. Pero si en el segundo todo seguía igual, y si en el tercero las cosas no iban para atrás ni para adelante, era lógico que ella se hartara. Una tarde invernal le dijo que quería estar sola. Pablo no esperaba semejante noticia y acusó el impacto. Primero pensó: “Tal vez sea lo mejor”. En un punto, a él también le parecía que no tenía sentido continuar de esa manera. Repuesto de la sorpresa, procuró continuar con su vida, lejos de ella. Pero tardó muy poco en saber que no sería tan fácil como creía en un principio. Esto y tratar de retomar el noviazgo, se convirtieron en dos hechos simultáneos. Se sucedieron entonces algunas semanas de vertiginosa incertidumbre. Él comenzó a llamarla por teléfono, a ir a buscarla a la salida del trabajo y a presentarse en su casa, sin previo aviso. Le decía que la amaba, que no podía vivir sin ella… Hasta le compró flores. Trató de hacer en pocos días lo que no había hecho en tres años, con el objetivo de reconquistarla. Se mostró amable, atento, afectuoso, porque en realidad, estaba desesperado ante la posibilidad de quedarse solo. Posiblemente la amaba, sí, aunque su amor se mezclaba con la sensación de desamparo que le provocaba el inminente período de soledad que sabía que se aproximaba y que a toda costa, quería evitar.

Ella, confundida, alternó momentos de acercamiento con otros de gran lejanía. Esa distancia afectiva, a Pablo le causaba una angustia y un dolor que jamás había sentido en relación a una mujer. Un par de meses después del agotador “que sí, que no, que sí, que no”, entendió que era hora de decir basta, de dejarla libre y de hacer el duelo. Cuando consideró que había que luchar, luchó. Pero también tuvo la lucidez de apartarse al llegar a la conclusión de que prolongar esa situación de inseguridad indefinidamente, le estaba haciendo muy mal. Peor, tal vez, que una separación concreta.

Muchos años después, escribió: “El implacable paso del tiempo”.

El paso del tiempo es uno de los temas que más preocupan al ser humano. A pesar de los adelantos tecnológicos y los descubrimientos de la ciencia, muchos manifiestan una gran impotencia cuando se dan cuenta de que todo eso de muy poco sirve para modificar lo efímera que es la vida. De la infancia a la adultez, de la adultez a la vejez… Todo pareciera escurrirse como agua entre los dedos. Pronto seremos un recuerdo para la próxima generación, y para dentro de tres o cuatro generaciones, quizás ya ni siquiera eso…

Esto que genera tanta angustia, estos profundos interrogantes de la existencia humana, tienen respuestas más cerca de lo que muchos imaginan. Dios nos dice que después de esta vida repleta de aflicciones hay otra mucho mejor, apartada del pecado que arruina nuestra fugaz estadía en la tierra y unida al amor eterno que el Señor le brinda a quienes acepten Su mensaje de salvación.

Se puede hacer un esfuerzo por aceptar por fe este mensaje que claramente figura en Su Palabra o hacer oídos sordos. Se puede seguir apesadumbrado y luchar en vano contra el paso del tiempo que no se detiene, o confiar en la esperanza y la promesa de que cuando todo acabe, la verdadera vida recién estará comenzando.

Un sustento bíblico:

Así Dios nos ha entregado sus preciosas y magníficas promesas para que ustedes, luego de escapar de la corrupción que hay en el mundo debido a los malos deseos, lleguen a tener parte en la naturaleza divina. 2 Pedro 1:4.

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