PORTEÑOS PSICOANALIZADOS

Cierto día de primavera, Pablo arribó al consultorio de su nueva terapeuta. Había llegado a ella a través de su empresa de medicina prepaga. Era la tercera experiencia en cuanto al psiconalisis en su vida, después del debut con Ricardo y de la siguiente etapa, con María Luz. En esta ocasión, si por algo se destacó la terapia, fue por su brevedad: apenas dos sesiones. La psicoanalista era una chica muy joven; andaría por los veintitantos años, calculó Pablo, que al poco tiempo, hasta su nombre olvidó. Más allá de su experiencia sumamante corta, lo que también quedó grabado en la memoria de Pablo, es que la terapeuta no lo tuteó sino que lo trató de “usted”, algo a lo que él –que también tenía veintipico- todavía no estaba acostumbrado en lo más mínimo. Sin embargo, dedujo que era evidente que la profesional utilizaba esta metodología de diálogo con todos sus pacientes, al margen de la edad que tuvieran.

Pablo fue directo al grano y después de la presentación, contó que el motivo de su consulta, tenía que ver con la tristeza que lo embargaba por haber terminado una relación de casi tres años con su novia. ¿Directo al grano? En realidad, su narración pudo haber sido más completa y comprometida si hubiera logrado reconocer –y admitir en voz alta- que el problema sentimental se combinaba con una baja autoestima anterior al noviazgo, y que este estado se remontaba a los tiempos de la escuela secundaria, o incluso antes aún. Lo concreto, es que a la segunda sesión, Pablo, con gran asombro, escuchó como la joven psicóloga se declaraba incompetente y lo derivaba a un psiquiatra. “Usted está muy triste”, le espetó sin anestesia, agregando que de acuerdo a su punto de vista, para hacerle frente a la complicada situación anímica era más aconsejable que recurriera a una medicación que ella no podía recetarle sino que debía hacerlo un médico de la mencionada especialización.

El paciente salió del consultorio más preocupado de lo que entró. Jamás había sospechado que su caso tendría esta derivación. Nunca en su vida había visitado a un psiquiatra ni tomado medicación destinada a tales fines. “¿Será tan grave lo que tengo?”, seguramente pensó mientras caminaba por la calle, minutos después de despedirse de su terapeuta, para nunca más volver a verla.

Muchos años más tarde, escribió: “La crisis no es casual”.

La crisis que vive la sociedad no es casual, si se considera que la célula primaria de esta sociedad es la familia. Si por lo general, en los hogares hay grandes problemas de convivencia, lo más probable es que esto repercuta también en los niveles más altos. En la actualidad, los conflictos que sufre la gente se manifiestan ya desde la infancia. Matrimonios deshechos y familias desintegradas son tan comunes como el hecho de que los hijos pasen mucho tiempo en soledad y se críen lejos del amor de los padres. No será raro, entonces, que cuando los niños sean adultos, hayan trasladado a la sociedad la falta de cariño y contención que tuvieron en sus primeros años de vida. Cuando a la familia no se le da la importancia que se le tiene que dar, sus integrantes lo padecerán puertas adentro, y en consecuencia, también puertas afuera. Pero, ¿por qué la familia está tan degradada? ¿Quién lucha contra ella? Sin duda, existe un orden natural que ha sido alterado. Hoy, la gente suele hacer las cosas más a nivel individual que en función colectiva. Eso significa que se desarrolló un egoísmo tal, que las personas son capaces de priorizar la satisfacción inmediata y personal por sobre cualquier cosa, incluso, si en esa búsqueda de placer tienen que ignorar las necesidades de sus seres queridos. Y si se desinteresan por éstos, que son los más cercanos, ¿qué queda para los demás? Como para favorecer el conflicto, la sociedad nos sirve en bandeja elementos de atracción muy fuertes, sobre los cuales es fácil caer en la tentación. El alcohol, las drogas o el descontrol sexual son algunos ejemplos. Ir tras ellos, nos conducirá a la decadencia personal y a aportar otro granito de arena, con el que seguiremos contribuyendo al deterioro del mundo que habitamos.

Un sustento bíblico:

(Dijo Yeshúa -Jesús-): Estén alerta y oren para que no caigan en tentación. El espíritu está dispuesto, pero el cuerpo es débil.

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