PORTEÑOS PSICOANALIZADOS

Las sesiones con María Luz se interrumpieron en los comienzos de las vacaciones de verano, con perspectivas de reanudarse unos meses más tarde. Lo que la psicoanalista ignoraba, es que mientras transcurría el período de descanso, Pablo iba elaborando mentalmente la idea de dar por terminada definitivamente la terapia con ella. Una tarde sonó el teléfono. Pablo atendió y se dio cuenta de que quien estaba al habla del otro lado del auricular, era María Luz, quien llamaba con la intención de ponerse a su disposición para retomar las sesiones.

A Pablo le costó darle la noticia, pero se armó de coraje. Ella se sorprendió. No esperaba, seguramente, que su paciente se diera de alta a sí mismo. No se extendió demasiado en explicaciones. Más bien, todo lo contrario: sin dejar de lado el tono cordial, usó frases muy breves para darle a entender que no seguiría asistiendo a su consultorio. Extrañada, María Luz quiso saber el motivo. Como respuesta, habría recibido un “ya estoy mejor” (o frase similar) acompañado de un fundamento económico. En cuanto a este último punto, Pablo expuso escuetamente, que el presupuesto de la terapia lo sobrepasaba. La profesional hizo el intento de convencerlo, planteando una posible rebaja en los honorarios. Como sea, no hubo vuelta atrás. Pablo se sintió aliviado. Ya no tendría que seguir invirtiendo tiempo ni dinero, en un espacio que, según creía, no le había traído los réditos esperados.

Su inmadurez, todavía no le permitía comprender que si quería estar mejor, lo primero que debía hacer, era apelar a su honestidad, cosa que jamás había hecho con su analista y, tal vez, ni siquiera consigo mismo. Si se empeñaba en seguir ocultando el nacimiento del problema, por más doloroso que esto fuera, ¿cómo podría hallar su solución? Para extirpar el mal, era imperioso atacarlo desde las raíces. Pero a Pablo, incluso frente a su terapeuta, le provocaba un pudor incontrolable confesar que había sido víctima del bullying poco tiempo atrás.

Unos años después, escribió: “Culpa y paz”.

A veces tenemos la sensación de que todo lo hacemos mal, que siempre nos falta algo para cumplir lo que Dios nos demanda. Y eso es correcto porque nunca lograremos estar a la altura de Su justicia ni lo que pretende de nosotros. Por más esfuerzo que hagamos, siempre estaremos en deuda. Sin embargo Él también desea entregarnos Su paz, una paz en abundancia, para que espiritualmente ya no tengamos que atravesar por viejos sufrimientos.

Por eso, la deuda para con nuestro Creador, ya ha sido pagada por Yeshúa (Jesús). Esto no significa que no tengamos que seguir obedeciendo Sus mandatos. Pero si no podemos hacerlo, el arrepentimiento sincero y la confesión en una simple oración dirigida a nuestro Padre celestial, son elementos suficientes para que el Señor nos extienda Su mano bondadosa. Por la sangre derramada por el Mesías, hemos sido perdonados, pero si sabiendo esto, la culpa por estar en falta sigue atormentándonos, estamos sosteniendo una inmadurez que probablemente no esté fundamentada en Dios sino en aspectos de nuestro carácter que debemos componer. Lo positivo es que para hacerlo, también podemos contar con Él, que en todo momento nos ofrece Su desinteresado auxilio.

Todos somos culpables pero al aceptar la obra redentora de Yeshúa, Su sacrificio nos libera del pecado y nos conduce a un terreno de paz interior que Dios quiere entregarnos. Luego, está en nosotros, el hecho de tratar de despojarnos de nuestras viejas ataduras y tomar posesión de él.

Un sustento bíblico:

(Dijo Yeshúa –Jesús-): La paz les dejo; mi paz les doy. Yo no se la doy a ustedes como la da el mundo. No se angustien ni se acobarden. Juan 14:27.

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