PORTEÑOS PSICOANALIZADOS

Las sesiones terapéuticas con María Luz no llegaron al año de duración. Al principio, Pablo se había ilusionado con que sería beneficiosa la experiencia. Sin embargo, a medida que el tiempo transcurría, sentía que no había cambios. Esto lo fue desalentando. Las consultas le resultaban tediosas. El hecho de tener que ponerse a hablar de algo obligado por las circunstancias, le provocaban fastidio. Muchas veces llegaba al consultorio y no tenía idea de qué era lo que diría al sentarse cara a cara con la joven profesional, que rara vez era la que planteaba los temas a abordar.

Meses después del inicio de las sesiones semanales, él creía que estaba perdiendo tiempo y dinero. Si al menos hubiese visto algún progreso, ni una cosa ni la otra le habría importado demasiado. Pero en cambio, consideraba que la relación costo-beneficio, en este caso, estaba claramente desbalanceada.

Pablo intentó hallar respuestas. ¿Por qué la terapia estaba fracasando? Las razones que encontró giraban alrededor de tres motivos. Así, pensó que el tipo de terapia que, si no se equivocaba, era la psicoanalítica, no le servía. Además, se preguntó si no era la terapeuta, la que estaba fallando. Por último, ensayó una autocrítica. Y llegó a la conclusión de que parte de la culpa le cabía a él mismo. ¿Por qué? Porque a la hora de abrirse con la profesional, no había sido totalmente honesto. No le había contado todo a María Luz. Se había guardado asuntos muy delicados, relacionados a sus miedos e inseguridades más íntimas. Esa reserva se debía, justamente, al temor a mostrarse tal cómo era. A exteriorizar que si estaba sufriendo, era por su baja autoestima, por su complejo de inferioridad, y por las causas las habían provocado.

Muchos años después, escribió: “Detenernos a tiempo, si a alguien perjudicamos”.

Cuanto más conozco a los seres humanos, más quiero a los animales… Escuché esta frase, salida de boca de un hombre que, probablemente, estaba cansado de saber acerca de la corrupción en la cual estaba sumido el sistema en el que vivimos. Tal vez, al margen de los problemas generales, este hombre debía también enfrentar dificultades con personas que componían su propio entorno. No obstante, tengo la sensación de que no reparaba en que había gente que podría pensar lo mismo, pero a la inversa, poniéndolo como ejemplo a él, de tener una conducta reprochable. Y esto vale para todos, porque ciertamente estamos muy atentos a la hora de poner el acento sobre el defecto ajeno, pero muy lejos de la autocrítica. Nos resulta fácil ver lo mal que hacen las cosas los demás, sin tener en cuenta que nosotros, con nuestro proceder, también podríamos estar causándole un mal al prójimo.

¿Y si en lugar de victimizarnos nos detuviéramos a analizar en qué podríamos mejorar en nuestro trato con quienes nos rodean? Desde luego, será más cómodo pensar en el otro cuando haya que dirigir una crítica hacia él. Pero si antes de actuar o de decir algo, dejáramos de hacerlo, en caso de que esta acción resultara perjudicial para un tercero, ¿cuántas cosas cambiarían en el mundo? Con sólo este pequeño-gran aporte de cada uno, el planeta que habitamos podría ser muy distinto, aunque está claro que mientras vivamos en esta tierra, esto será sólo una ilusión, ya que a la humanidad, por sus propias fuerzas, y dándole la espalda a su Creador –tal cual es su estado actual-, no le resulta posible vencer al egoísmo que la domina.

Un sustento bíblico:

(Dijo Yeshúa –Jesús-) Y si tú tienes un tronco en tu propio ojo, ¿cómo puedes decirle a tu hermano: “Déjame sacarte la astilla que tienes en el ojo”? ¡Hipócrita!, saca primero el tronco de tu propio ojo, y así podrás ver bien para sacar la astilla que tiene tu hermano en el suyo. Mateo 7: 4-5.

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