PORTEÑOS PSICOANALIZADOS

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Era más que comprensible la alegría que Pablo sintió al pisar su escuela secundaria por última vez (al menos, él pensaba que sería la última vez). Dejaba atrás cinco años difíciles. Él lo sabía. De ahí, también, la razón de su felicidad. Pero cómo suelen afirmar ciertas frases célebres, la felicidad son sólo momentos… Pronto, volvieron a acosarlo las preocupaciones. Y en esta ocasión no por un tema concreto, sino por por algo que, según él creía, podía volver a acontecer. La cuestión es que Pablo se había anotado para seguir dos carreras universitarias. Al no estar seguro de cuál era realmente su vocación, se inscribió para hacer el ciclo básico común de Veterinaria por un lado, y la carrera de Periodismo por otro. Su idea era la de cursar a la mañana en un lado, y a la tarde, en el otro. Así seguiría hasta tener un panorama más claro. El transcurso del tiempo le revelaría por cuál de los caminos continuar, aunque no descartaba, en un futuro lejano, ejercer ambas profesiones.
Al momento de dar sus pasos iniciales en los estudios terciarios, su preocupación no se fundamentaba en ningún hecho concreto. Pero sí temía encontrarse otra vez con el bullying sufrido en la secundaria. Un mundo nuevo, con numerosos compañeros de clase que todavía no conocía, se abría ante sus ojos. ¿Y si uno de esos chicos, o más de uno, resultaban ser algo parecido a lo que habían sido el Francés y compañía? Esa ansiedad lo perturbó por unos días. Con alivio, pronto se dio cuenta de que las cosas en ese sentido marchaban bien, sin mayores contratiempos. Tanto en un lugar como en el otro, Pablo logró establecer buenas relaciones con la gente que cursaba con él. Sin embargo, también era verdad que el turbulento período que acababa de finalizar, había dejado una huella profunda en su personalidad. Más allá de la alegría que implicaba aquella etapa terminada, otra época recién comenzaba, y estaría signada por las dificultades de convivir con una autoestima que había quedado sensiblemente deteriorada.

Muchos años después, escribió: “Una guerra invisible”.

La lucha entre el bien y el mal se libra en esta tierra desde que el mundo es mundo. ¿Cuánto hace que existen los asesinatos, los robos y demás delitos? Esta lucha entre lo bueno y lo malo también la tenemos internamente. Y la palabra de Dios además nos describe que hay una guerra que se lleva a cabo a niveles espirituales. Un combate que no vemos con nuestros ojos pero que a nivel invisible, está protagonizada por Dios y su principal enemigo, el diablo, cada uno con sus respectivos ejércitos.
Esto que podría parecer un cuento infantil, crease o no, es tan cierto como las batallas que el ser humano sostiene contra sí mismo (quizás, si alguien nos lo contara estando lejos de la tierra, también pensaríamos que se trata de una fábula).
Al enemigo se lo señala como “el padre de la mentira” y como tal, enfoca su lucha para que la gente piense que ni nuestro Creador ni él existen, que el diablo es un personaje de ficción y que el pecado, un invento de los débiles de conciencia.
El enemigo también es poderoso para hacer milagros. Pero el Señor es Todopoderoso y en las Escrituras dejó claro que cuando se cumpla el tiempo establecido, Dios vencerá: la guerra tendrá un ganador definitivo, se terminará para siempre la rebelión en Su contra, desaparecerá el pecado y reinará la paz.
El hombre también debe fijar una postura. El Señor nos ama y nos quiere junto a Él, ahora y por toda la eternidad. Sus brazos están abiertos para recibirnos. Pero si no tomamos en serio Su mensaje, si lo ignoramos, si rechazamos Sus instrucciones, si le damos la espalda al perdón que nos ofrece, en forma directa o indirecta, nos estaremos colocando en las filas contrarias. No obstante, una vez que fijemos nuestra posición a favor del Eterno, como escribió el apóstol Santiago, nuestra decisión también será victoriosa: “Así que sométanse a Dios. Resistan al diablo, y él huirá de ustedes”(Santiago 4:7).

Un sustento bíblico:
Porque nuestra lucha no es contra seres humanos, sino contra poderes, contra autoridades, contra potestades que dominan este mundo de tinieblas, contra fuerzas espirituales malignas en las regiones celestiales. Efesios 6:12.

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