PORTEÑOS PSICOANALIZADOS

Finalmente, Pablo estaba en Bariloche. Pero aquel viaje de egresados que seguramente muchos de sus compañeros no olvidaron por motivos de placer, a él no se le borró de la memoria por un tema bien diferente, más vinculado a la angustia que a la alegría. Padecimientos al margen, cumplió con cada uno de los eventos programados para la estadía, yendo a todas las excursiones diurnas y las salidas nocturnas estipuladas por contrato. Pero como si fuera esta la palabra clave –contrato- Pablo también se limitó a vivir el viaje como un mero trámite reglamentario.

A cuentagotas, quizás, sí disfrutó de la nieve que caía generosamente y de los bellos paisajes andinos que desconocía. En cuanto a las madrugadas en las discotecas, las sobrellevó como pudo. Y el combo completo, puesto en la balanza, hizo que esta se inclinara para el lado del padecimiento. En verdad, lo que él deseaba era que esa semana pasara lo más rápido posible. Anhelaba cumplir con ese imaginario contrato que su mente le señalaba, y regresar a casa, porque si bien una experiencia como la que estaba viviendo resultaba única, el contexto no lo ayudaba. ¿Y cuál era ese contexto? Bueno, el bullying era el ingrediente que sobrevolaba continuamente… Por momentos, el Francés se mostraba amistoso, aunque por lo general, su hostilidad seguía latente más allá de que no siempre esto se reflejara en hechos puntuales. A esta altura del ciclo escolar, este muchacho era el único que lo molestaba, pero la autoestima de Pablo estaba tan baja, que su tendencia era la de aislarse y no la de integrarse. O sea que mientras buscaba escapar de la incómoda presencia del Francés, tampoco le interesaba demasiado relacionarse con el resto del grupo. En consecuencia, lo que tendría que haber sido un feliz viaje de fin de curso, para él se transformó en una incómoda semana lejos de su hogar.

Muchos años después, escribió: “El costo de la transgresión”.

Un joven de 13 años le contaba a un compañero de escuela que nunca fumaría. Su padre era fumador y él no soportaba el humo del tabaco. El joven sabía lo mal que hacía el cigarrillo. Pero a los 17 años, aquel chico se había convertido en fumador, al igual que el padre. Es que cuando comenzó a salir de noche, las influencias quebraron sus convicciones. La importancia que le daba a mantenerse sano, perdió la batalla frente a al vicio y al bienestar que le producía el hecho de sentir que gracias a fumar, subía de nivel entre los chicos de su edad.
Así funciona la conducta humana ante tantas situaciones. Hasta cierto punto, nos mantenemos al margen de lo que sabemos que está mal. Pero una vez que transgredimos una norma y vemos que aparentemente no nos pasa nada malo, le tomamos el gustito y seguimos haciéndolo sin remordimiento. En cierto momento, nos acostumbramos tanto que ya no lo vemos cómo algo negativo. Y si nos señalan el error, decimos que el equivocado es el que intenta corregirnos.

El pecado, de tan instalado que está, pasa por la vida de las personas con la apariencia de ser algo natural. Cuando la gente lo practica, tiene la sensación de que “no pasa nada”. Entretanto, los que procuran no involucrarse en el pecado, son vistos como fanáticos, culposos, débiles y quién sabe cuántos adjetivos más. Sin embargo, llegará el día en que deberemos presentarnos ante Dios, que nos pedirá cuentas de lo que hemos hecho. De no poner nuestros asuntos en orden con el Creador, ese día Él deberá decirnos cuál es el precio de la desobediencia. Así como el cuerpo, quizás, en algún momento también le pase la factura al fumador que, sabiendo el riesgo que su actividad implicaba para su salud, no quiso dejarla de lado.

Un sustento bíblico:
Porque la paga del pecado es muerte, mientras que la dádiva de Dios es vida eterna en Yeshúa (Jesús) El Mesías, nuestro Señor. Romanos 6:23.

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