Los Ignorados pasajes de Buenos Aires

El muchacho de a pie se propuso observar las novedades en un conocido sitio de compra y venta por internet. Buscaba un libro sobre las calles de Buenos Aires. Un libro que tenía «fichado» desde hacía unos cuantos meses. Por una u otra razón, aquella vez no presionó el botoncito virtual que daba lugar a la adquisición. Después volvió a otros quehaceres y se olvidó. Pero nunca desapareció de su mente la idea de tener entre sus manos un ejemplar de «Los Ignorados Pasajes de Buenos Aires».

Cierto día volvió a la carga… Y no paró hasta dar con lo que tanto deseaba. Por supuesto, indagó en varios recovecos del famoso sitio, pues el libro lo tenía más de un vendedor. Admirador de los pasajes porteños, el muchacho envió preguntas a través de la plataforma, espero respuestas, comparó y sacó cuentas. Finalmente, llegó a la conclusión de que iba a comprárselo a una persona del barrio de Caballito, alguien que, por lo que vio, se dedicaba al rubro libros, aunque no era un negocio a la calle sino una vivienda particular ubicada en un edificio.

El padre del muchacho, siempre listo para colaborar en lo que fuera necesario, se tomó un colectivo y sin contratiempos, una tarde cerró la transacción en la zona de José María Moreno y Rivadavia. Su hijo, que había arreglado previamente los detalles del acuerdo, tuvo consigo una horas después, el ejemplar en excelente estado, escrito por Eduardo Luis Balbachán.

Apasionadamente, ojeó buena parte de sus páginas: un número aproximado a 250. Fotos en blanco y negro, dibujos, una rigurosa ficha técnica conteniendo ubicación catastral, barrio, características, estilo, año de construcción, proyecto, propietario… Para hacer más veloz el primer vistazo, se dirigió al índice. Y leyó: Albania, América, Amigos de las Artes, Anchorena, Arlt, Barolo… Salteó la mayoría de los nombres y quiso ver cuál era el último: Zelada, decía, aunque más abajo había otro ítem que daba cuenta de los «pasajes con escalinata». El muchacho, pensó en todo lo que iba a disfrutar de la lectura de esa obra. Había pasajes para todos los gustos. Iba a archivarlo hasta una ocasión en la que tuviera tiempo para comenzar con la lectura, pero antes de hacerlo, lo abrió en una de las primeras páginas, donde el autor había transcrito algunas frases de afamados escritores. Una, perteneciente Ezequiel Martínez Estrada, aunque no llegó a comprenderla bien,  le llamó la atención:

«Hay calles con vida y calles momificadas;

por unas se vive andando

por otras, se pasa caminando».

 

 

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