LEJOS DE LA CIUDAD

Buenos Aires está muy lejos. Son unos 1200 kilómetros lo que la separan de este paraje patagónico. Pero más allá del kilometraje, la lejanía se da porque en La Tubiana, las cosas son absolutamente diferentes a una gran ciudad. Tanto es así que este lugar está muy cerca de General Roca (aproximadamente 20 kilómetros) pero tampoco hay similitudes con la urbe rionegrina en este rincón de la provincia al cual nada más un camino de tierra puede llevarnos.

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Si alguien quiere acceder desde Roca, debe tomar la Ruta 6, que conduce hacia el sur de Río Negro. Una vez que se atraviesa el puente que pasa por encima del río del mismo nombre, un sendero de tierra se bifurca a la derecha. Desde luego, únicamente en vehículos particulares es posible realizar este trayecto, pues el transporte público ni se asoma por estos polvorientos caminos donde el viento golpea con rudeza, donde los inviernos son muy duros y los veranos, extremadamente calurosos. El mencionado sendero comunica con un hermoso espacio turístico denominado El Valle de La Luna, por sus semejanzas con el famoso paraje sanjuanino. Pero hay otro camino que se abre hacia la izquierda y no conduce al Valle sino al puesto La Tubiana. Así lo indica un sencillo cartel de letras negras y fondo blanco, que anuncia como inminente, el arribo a una tranquera y una precaria casilla. Allí será necesario bajarse del vehículo para concertar con los cuidadores del puesto el acceso. Se trata de un predio municipal, y se suele cobrar quinientos pesos (por auto) la entrada. En su mayoría, son pescadores los que suelen venir hasta aquí y abonan con gusto el costo. Por esta suma es posible que los integrantes de toda una familia se queden un día completo, disfrutando de la tranquilidad y el aire puro.

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Llaman la atención varias cosas. Por ejemplo, la poca agua que tiene el río, cuya altura está un par de metros por debajo de lo acostumbrado en esta época del invierno. Por eso, quizás, es comprensible que en vez de pescadores, los únicos que merodean por el lugar sean un puñado de visitantes que no vienen con cañas ni anzuelos. Otro elemento muy curioso son los restos de un viejo ómnibus, carcomido por el óxido y destruido por el paso del tiempo, ubicado a unos metros del curso de agua, que en este recodo no forma parte del curso principal sino que está estancada, y debido a la bajante, permanece «atrapada» por los bancos de tierra.

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Unas pequeñas casillas de madera son los baños. Ante su presencia, no sería extraño que surjan prejuicios que provoquen reticencia a su utilización, aunque por comentarios de gente que sí ingresó, quien esto escribe pudo saber acerca de una limpieza que sorprende para bien.

La bosta desperdigada por ciertos sectores, permite deducir que hay caballos que suelen pasear por allí. En efecto, se ve a un bello ejemplar de color blanco, cerca de la vivienda de los cuidadores, donde también varios perros vigilan, algunos más amistosos que otros, el acceso al predio.

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A propósito de caballos, el nombre del lugar tiene que ver con ellos: tobiano (si bien el paraje se llama «tubiana») es un patrón que distingue a estos animales por las formas de sus manchas.

 

 

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