HISTORIAS MÍNIMAS… Y PORTEÑAS

Mariano se subió al tren que media hora después lo depositaría en Retiro. Con la mirada aguda de sus 10 años, recorrió el vagón de punta a punta. Nada le llamó demasiado la atención. Eran las 12 del mediodía de un jueves, aunque no un jueves cualquiera. El último fin de semana largo del año ya estaba en marcha y en este feriado unas cuantas personas se dirigían igual que él, hacia Retiro.
Mariano iba con su mamá y su hermana, apenas un poco mayor. En su mochila llevaba pertenencias propias y otras que su madre había trasladado desde su ubicación original, seguramente para que en la valija no estuvieran tan apretadas.
Mariano iría a la playa por primera vez en su vida. Conocería el mar. Pero antes, también conocería la populosa terminal de micros. Antes de llegar a la estación, sí le llamaron la atención un par de cosas. Una estaba adentro del tren. Era el aire acondicionado. Tenía varios viajes hechos en el ámbito capitalino y no recordaba haberlo visto antes. El aire estaba encendido. Tan intensamente, que sintió frío.
La otra cosa que lo sorprendió no estaba dentro del vagón sino a su derecha. Mariano se había sentado de espaldas a la parte delantera del vehículo, y el mirar por la ventanilla, desde su posición identificó un interminable barrio de color ladrillo. Su mamá le dijo que era una villa: la 31. Lo que más asombro le provocó, fue comprobar que muchas casas tenían hasta cuatro pisos de altura.
Al descender en la estación, su mamá puso la tarjeta SUBE en un molinete y así el boleto de los tres fue cobrado, pues no lo habían sacado en la boletería de Saavedra, la estación en la que subieron.
Después, el inmenso hall central del Mitre, la calle, y las tres cuadras repletas de puestos de comida, de todo tipo de mercancía y la legión de vendedores ambulantes que debieron sortear hasta el ingreso a la terminal.  “Suerte que la valija tiene rueditas”, pensó Mariano desde su inocencia, ignorando que 30 años atrás, hubieran tenido que cargarla a mano, porque las valijas y las ruedas aún no se habían asociado para hacer más sencilla la vida del viajero.
“Pónganse las mochilas para adelante y agárrenlas bien fuerte que estamos en Retiro”, recomendó su mamá, que estaba algo nerviosa.  Mariano no quiso preguntar el motivo del consejo, pero por las dudas, obedeció.
Luego de desandar tres cuadras que a él le parecieron seis, arribaron a la gigantesca terminal. Para entrar tuvieron que subir por una rampa muy extensa. Se dio cuenta que al lado había una escalera mecánica, pero lamentablemente, no funcionaba. Metros más adelante, surgió a su izquierda una larga hilera  de locales comerciales. Trató de preguntarle a su mamá si eso era un shopping, pero el paso apurado que llevaban lo hizo desistir. De todos modos, pronto supo que no lo era.
Al atravesar la puerta principal una situación particular lo llenó de estupor: varias jóvenes, vestidas de pollera azul (su hermana le dijo que se llamaban promotoras) encaraban a la gente de una forma extraña, interponiéndose audazmente en su camino y ofreciendo algo que tenía que ver con celulares o automóviles. La mayoría, sólo pensaba en escapar del acoso de esas osadas chicas.
El mundo que iba descubriendo a medida que comenzaban a atravesar la terminal, hacia el fondo, le hizo abrir bien grande los ojos: había unos pequeños televisores que arrancaban  sólo si se ponían 5 pesos en una máquina. Unos vigilantes con uniforme raro (después supo que se llamaban gendarmes) iban y venían por los pasillos. Se sorprendió por la cantidad confiterías. Estaban todas llenas y tenían los mismos carteles: una docena de medialunas, 90 pesos. Almuerzo o cena, 195 pesos.  La oferta de los comercios era interminable. Pero lo que en este sector más lo asombró, fue que hubieran peluquerías. “¿La gente se cortaría el pelo a la espera de que salga su micro?”, se preguntó. Los sillones ocupados de los salones le dieron la respuesta.
Enseguida divisó un local de Havanna. “Los que se olvidan de traer regalos de las vacaciones los compran acá”, le explicó su mamá.
Muy cerca, había otro gran cartel con predominancia de amarillo que alentaba: «Vamos a desconectar, vamos a disfrutar la Ciudad». Finalmente, llegaron a la plataforma. Unos minutos después ingresó el micro. Cargaron el equipaje, el chofer les cortó el pasaje y subieron. Mariano se acomodó en un asiento, del lado de la ventana. Sacó la tablet de la mochila y se puso a jugar al candy crush.

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