DEPORTE PORTEÑO

ANÉCDOTAS EN LA ESCUELA DEL CÍRCULO DE PERIODISTAS DEPORTIVOS

Entretelones de un anhelado debut editorial

Unos tres meses habían transcurrido desde mi último trabajo en Sólo Fútbol (San Telmo-Claypole, en abril de 1992), hasta la aparición de Esto es El Ascenso. La posibilidad de seguir colaborando en el semanario prácticamente la había descartado. La remuneración que los cronistas percibían por la cobertura de partidos era mínima. Alcanzaba para los viajes y quizás un poco más… Si bien este elemento no fue decisivo, también lo puse en la balanza a la hora de definir mi alejamiento. Pero acá, lo fundamental era tener un proyecto propio, no depender de ningún jefe, poder elegir el encuentro al que iría, producir notas en base a mis gustos personales, llevarlas al papel de acuerdo a mis tiempos… En la nueva revista, en principio, no habría plata para sacar. Todo lo contrario: había que poner. Sin embargo, a futuro, si las cosas marchaban bien, a lo mejor, de lo invertido se podrían obtener dividendos.

Lo cierto es que lleno de entusiasmo por el horizonte que se abría ante mis ojos, no fui más a la redacción de Sólo Fútbol. Tampoco me llamaron. Seguramente, tendrían una fila de aspirantes deseosos de ingresar a la revista, así como me había ocurrido a mí un año atrás. Entiendo que esto, acompañado de mi desinterés por retomar la actividad con el comienzo de la temporada 1992/93, hizo que la puerta se cerrara sin más preámbulo.

En julio salió el número uno de Esto es El Ascenso. La planificación para el debut había sido ardua, pero las ganas de un puñado de jóvenes estudiantes de periodismo –estábamos cursando el tercer y último año en la Escuela del Círculo-, disimulaban cualquier incomodidad. ¿Un ejemplo? En tiempos en que trabajar en una computadora propia no estaba ni siquiera en mi imaginación (mucho menos, la aparición de Internet), había que tipiar las notas en una máquina de escribir. Luego, con la nota ya pasada en una hoja tamaño oficio o A4, ir al taller que habíamos elegido para publicar la revista: el CID, una agencia ubicada en Avenida de Mayo al 600, en el microcentro porteño. En este lugar teníamos que volver a tipiar cada artículo en una computadora de la agencia. Todavía no existía el Windows, por lo que el tipiado se hacía en un rudimentario sistema operativo, llamado D.O.S. Además, había que pactar una cita con el diagramador del CID, quien, en papel, diseñaba cada página de la publicación. Por separado, se entregaban las fotos, que ya debíamos tener disponibles a través del antiguo sistema de revelado (tampoco, obviamente, existía la fotografía digital).

Por recomendación de alguien que, francamente, no recuerdo quién era, más allá de cómo se llamaba la revista, le agregamos el nombre de una supuesta casa editorial. El nombre escogido fue El Banano, un título meramente simbólico, en el contexto del trabajo a pulmón que efectuábamos, no había lugar para una estructura de ese tipo.

En lo personal, me di un gran gusto para el primer número: hacerle un reportaje a Claudio Caimi, notable ex goleador de Excursionistas que estaba dando sus pasos iniciales en el fútbol europeo. El centrodelantero jugaba en Bélgica, y el receso lo había traído a pasar sus vacaciones en la casa paterna de la calle Fernando Fader. El dato de que estaba en la Argentina nos lo dio Gustavo “Alfarito” De Césare, un compañero de estudios que no participaba del proyecto-revista. Tenía tal apodo por su impresionante parecido a Carlos Alejandro Alfaro Moreno, otrora puntero izquierdo de Platense, Independiente y la Selección en los años Ochenta. Gustavo era muy amigo de Caimi. Gracias a él conseguí su número–de línea- y una fría tarde de martes, previo arreglo telefónico, llegué hasta el barrio de Versalles. En el hogar de los Caimi, estaban también sus padres y su hermano, el “Polaco” mayor, Eduardo, periodista, que unos años atrás había comenzado a trabajar en La Oral Deportiva de Radio Rivadavia. Los cuatro, me atendieron con suma hospitalidad, mientras en un aparato radial sonaban las alternativas del partido que, a pocas cuadras de distancia, sostenían Vélez y Gimnasia (empataron 2 a 2).

Realicé el reportaje y feliz, me fui con una linda nota, que titularía, “Todo se lo debo al gol”. La foto para ilustrar la página me la prestó el mismo protagonista. Era un grito de gol con la camiseta del SK Roeselare de Bélgica. Unos meses después, el director de la revista, Marcelo Fernández, estaba vendiendo ejemplares en un partido entre Almagro y Defensores de Belgrano, en José Ingenieros. Uno de los espectadores era el padre de Claudio, quien deduciendo que Marcelo me conocía, le solicitó la devolución de aquella foto de su hijo que yo había tomado prestada. Días más tarde le entregué la foto a “Alfarito”, con el objetivo de que volviera a sus dueños.

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